Mal interpretar los placeres bloquea el paso de la Felicidad duradera

Piensa en algo que te entusiasmara muchísimo lograr, obtener, visitar y que lo hayas conseguido. Recuerda cómo te estimulaba la idea de tenerlo o hacerlo y la felicidad que podías anticipar que sentirías en ese momento. Recuerda cuando lo obtuviste, evoca lo feliz que te sentías. ¿Te sientes la misma Felicidad con la misma intensidad ahora?

Así como hiciste el ejercicio con una meta que asociabas con Felicidad, hazlo ahora con un evento muy temido o muy triste que hayas tenido que afrontar hace varios años. ¿Sientes ahora el mismo nivel de tristeza, desolación y/o preocupación que sentías en ese momento?

¿La conclusión? Es simple: nos acostumbramos a todo; a lo bueno y a lo malo. La tendencia natural del ser humano es a volver a su estado básico de felicidad, sin importar la fuerza del impacto que te haya causado en un primer momento lo que te ocurrió. En eso consiste la adaptación hedónica.

En un artículo anterior hablamos sobre la importancia de no acostumbrarse a lo malo, como en la fábula de la rana que cayó en una olla con agua tibia al fuego y terminó cocinada por irse acostumbrando progresivamente a la temperatura cada vez mayor. (Click aquí para ver el artículo “Cuando me di cuenta ya era demasiado tarde).

En esta ocasión vamos a pensar en cómo construir Felicidad a largo plazo. Vamos a pensar en cómo tomar decisiones eficientes que eviten que te vuelvas el esclavo servil de pequeños estímulos gratificantes a los que les estás dando equivocadamente el estatus de placer trascendental.


Cuando “más” deja de sentirse como “más” es hora de ejercitar la fuerza de voluntad

Nicolás Boullosa (Barcelona, 1977) hace una analogía muy pedagógica sobre la fuerza de voluntad con un músculo cualquiera: si no se ejercita, se afloja. ¿La buena noticia? Se puede retomar y fortalecer en cualquier momento de nuestra vida.

El primer obstáculo está (nuevamente) en la publicidad, que suele ser la gran apologista de la libertad irresponsablemente asociada con la ausencia de límites: “Que nadie te diga lo que tienes que hacer: toma Tal”; “Porque nunca tendrás demasiado: haz Tal”; “Porque muchas no son tantas: come galletas Tal”; “A que no puedes comer sólo una: papas fritas Tal”; “Más sabor y más placer por sólo $1.500”.

Está demostradísimo que tener “más y más” no hace más perdurable la sensación de saciedad. Al contrario, “correr la cerca”, mover las fronteras de lo “suficiente” sólo te hace requerir cantidades más grandes de una misma cosa para satisfacer la misma necesidad o el mismo interés original. ¿Es esta tu idea de Felicidad?

Te invito a que comiences a observar cómo te comportas en relación con tus preferencias. Deja de pensar en ti mismo como una víctima de los instintos de la naturaleza y, por el contrario, comienza a pensar que lo que sí tienesnaturalmente son tendencias, inclinaciones a elegir ciertas cosas por encima de otras. Nada más. Nada que, queriendo, no puedas controlar.


Reprimir Vs. Controlar

Experimentar Felicidad no implica un ejercicio sistemático de represión. Cualquiera sabe que eso sería imposible. Lo que la Felicidad sí requiere, en cambio, es un trabajo consciente de dosificación de las cosas y actividades que te complacen y que te interesan y una actitud de agradecimiento por la presencia de las personas y de las cosas que están en tu vida con vocación de permanecer (como un esposo o una casa).

Vamos por partes:

La dosificación de las cosas implica aplazar intencionalmente algunos placeres o espaciarlos para que sigan siendo especiales. Pero, atención, que no estoy hablando de aplazar actividades cotidianas que por definición son placenteras como comer, besar, saludar, ejercitarse, decir “te amo”, leer, bailar, comprar las cosas para la despensa de la casa, etcétera. Esas actividades básicas dan un sentido especial a la vida diaria.

Estoy hablando, por ejemplo, dentro de comer, del acto de permitirse una hamburguesa con papas fritas y gaseosa. Dentro de adquirir cosas, del acto de permitirse un objeto decorativo que, como tal, no es indispensable pero hace el entorno más agradable. Dentro de las actividades de diversión, ir a la discoteca una que otra vez. A eso es que me refiero; no te estoy instando a una condena sistemática de cualquier cosa que asocies con “disfrutar”. De ninguna manera.

El poder de la gratitud

Pensemos ahora en las personas y las cosas que han llegado a tu vida para quedarse. No las puedes exactamente “dosificar”, ¿no? Conociste a la persona de tus sueños y te casas con ella. El contrato nupcial, en condiciones normales, implica la convivencia permanente. ¿Entonces?

En este caso y en cualquier situación análoga (en la que por definición vas a estar en contacto permanente con esa persona o con esa cosa –pensemos en la casa grande que compraste con tanto esfuerzo y que ahora te parece normal), mi consejo más enérgico es hacia la gratitud: de vez en cuando haz el repaso de todas las cosas bonitas que esa persona ha traído a tu vida; del bienestar que puedes dar a tus hijos con esa casa grande en la que pueden jugar más holgadamente. La gratitud es la vacuna contra la maña de acostumbrarse, relajarse e involucrarse en rutinas carentes de sentido.


Tomar consciencia de lo elemental hace percatarse de lo extraordinario

No te acostumbres. Por favor, no te acostumbres. Cuando tomas la decisión de reivindicar el valor de las cosas sencillas (de sentirte feliz porque sonó una canción que te gusta; de disfrutar el perfume de alguien que va caminando por el pasillo; de alegrarte con el beso de buenos días de ese ser querido, etc.), te va a quedar más fácil notar las cosas que son excepcionalmente buenas y que, en tal sentido, acarrean felicidades excepcionales.

De no estar en ese estado permanente de consciencia, de no vivir el momento presente, aquí y ahora, te estarás privando penosamente de muchísimas alegrías que se te van a figurar normales por haberte descuidado y haber comenzado a creer, imprudentemente, que te mereces y que no debes agradecer las cosas fabulosas que todo el tiempo te están pasando, como ese plato de comida rica que seguro estuvo hace algunas horas en tu mesa o esa cama tibia en la que amaneciste.

Detente un minuto y piensa en cuánta Felicidad hay en lo simple.

(¿No quedó claro? Hay mucha, ¡muchísima Felicidad en lo simple!)

Imagen: Sólo 50, en WordPress

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