No tengo ni un minuto libre. ¡Súper: me convertí en adulto! – columna Lingotes de Felicidad, Centro, México

 

ParecieraSylvia Ramírez, Life Coach, PNL, Personal Branding, Diseño de Marca Personal, Asesoría de Imagen, Bogotá, Colombia, Felicidad, Felicidad en las Empresas, Empresas Felices, Speaker, Conferencista, Conferenciante que nos hacemos grandes cuando se nos incuba en el alma una urgencia por “querer llegar”. A ningún lado en particular pero de todos modos nos urge. Nos levantamos sintiendo que ya vamos tarde. Es un afán que se justifica por el afán en sí mismo y que nos hace sentir tan culpables si no estamos haciendo algo productivo que cuando nos queda un rato libre –leí en algún lado-, ya no sabemos si de verdad tenemos tiempo libre o si es que se nos está olvidando algo que teníamos pendiente de hacer. Y nos sentimos presionados, miserables pero al mismo tiempo aliviados porque en cualquier caso así es como le pasa a la gente de éxito. En otras palabras, sentir los nervios destrozados nos hace creer que somos importantes. Sí: en secreto pensamos que el afán es una señal de distinción de las personas que tienen problemas de adultos. Los que tienen tiempo libre son los millonarios que perseguimos en sus yates a través de las transmisiones en vivo de Instagram; los otros que también tienen tiempo son los mediocres que no están emprendiendo su propio negocio o desarrollando alguna idea que cambie el mundo. Qué falta de estilo eso de tener tiempo… creemos.

Los adultos se reconocen porque a la mayoría de propuestas de planes divertidos contestan con ademán grave –y para responder es clave fruncir el ceño porque, si no, no se crea la atmósfera de persona importante -: “Me encantaría ir pero ya sabes: no tengo tiempo”. Y se quejan de lo rápido que va el año. Y maldicen por no tener “tiempo para ellos”. Y destilan frustración alegando “Me desespera sentir que la vida se me va en esto”.
Si llegó a sentirse identificado (y la probabilidad es alta ya que todo lo narrado hasta aquí en tercera persona es en realidad el relato de cualquiera de mis jornadas y de las de varios de mis conocidos), quisiera proponerle una reflexión que me hice la semana pasada y que ha revolucionado mi día a día: ojalá el trajín y las cosas pequeñas en las que sentimos que se nos va la vida nos gusten porque esa ya es la vida misma. Esperar en el tráfico; estar después de las 5:00 p.m. en ese trabajo; atravesar caminando en tacones todo el aeropuerto; ir al banco; oír la sarta de tonterías que cuenta ese ser humano insufrible que igual adoramos; ir al supermercado: esa ya es La Vida, ¡no es ningún ensayo!

Para el momento en que escribo esto llevo siete días pensando y funcionando de acuerdo con esa idea y me han pasado cosas extraordinarias. O de pronto no tanto: es posible que en realidad me estén pasando las mismas cosas de siempre, sólo que las está viviendo una persona renovada. Y por lo feliz que he estado, no tendría paz si me quedara con este pensamiento: eso en lo que se le va la vida es el fruto de alguna decisión anterior suya (tener una relación con alguien, haber aceptado un trabajo, etc.), así que hay que aceptar que vivimos la vida que hemos construido para cada uno de nosotros. En otras palabras, fíjese, le están pasando todas las cosas que de pequeño usted veía que hacían los grandes. Y, sí, no por eso de andar estresado sino por haber moldeado su vida como ha ido pudiendo, usted es en verdad una persona muy importante y cada cosa que le pasa –incluyendo leer este artículo-, hace parte de eso a lo que sin vacilar hay que llamar “Vida”; la suya, la mía: sonría porque esto ya es La Vida.

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Columna publicada en el periódico “Centro”. Puebla, México, el 19 de septiembre de 2016. Enlace a la publicación del periódico haciendo click aquí: décimo lingote de felicidad de Sylvia Ramírez 

Por: Sylvia Ramírez Rueda

Conferenciante internacional de Felicidad y Personal Branding
Coach Ejecutivo – Coach Personal
@SylviaRcoaching
www.sylviaramirez.com.co

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