“Sí, sí eres especial”

Porque los lunes a veces nos deprimen, hubo un lunes que fue mi turno. Estaba tristísima y en un acto de heroísmo invisible explayé mi retahíla de frustraciones delante de la persona que sentí más cercana. Sentía que tenía demasiadas cosas por atender y que ya no estaba dando abasto. Me sentía muy perdedora. Habiendo quedado tan vulnerable como si tuviera la piel en carne viva, la respuesta que recibí de mi confesor me dolió hasta la médula pero hoy ya soy capaz de agradecerla: “Es que tú crees que eres especial. Tú no eres especial. Yo no quisiera ser tú”. Aunque en ese momento sólo pude contestar con algunas lágrimas y pedir algo de empatía, ahora comprendo que lo que sentí como un latigazo en realidad fue más parecido al sacudón de la alarma de un reloj despertador. Y despertar es algo que siempre será de agradecer. En la situación en que estaba tenía dos opciones: o darle crédito a lo que oía y reducir mi autopercepción de valor hasta el suelo o sentirme valiosa no porque alguien más me lo dijera sino porque yo decidía que así era. Escogí lo segundo. Y usted debería hacer lo mismo.

Según la lógica clásica el problema de que todos seamos especiales es que a la larga nadie termina siéndolo. Tiene sentido, sí, pero esas son cuestiones de la filosofía y del arte de la argumentación a las que no tengo pensado atender hoy porque lo que quiero decir es que sí somos especiales. Todos. Usted y yo. No sólo por el hecho de que usted es la única persona sobre la tierra con sus huellas digitales sino porque nadie más sabe lo que se siente ser usted. Nadie podría comprender en su verdadera dimensión el esfuerzo que tuvo que hacer para salir al otro lado después de ese desafío que casi lo acaba. Nadie es capaz de amar de la forma en que usted lo hace; quizás torpe a veces pero grandiosa a su manera. Quién como usted sabe lo que ha sido necesario hacer para juntar todos sus pedacitos de nuevo y animarse a salir de la cama cuando la vida le cambió de repente todas las reglas de su juego. Nadie más en la tierra, por parecido que sea, sabrá nunca lo que se siente vivir bajo su piel. Rumiar sus miedos y seguir adelante como si nada, no porque tenga todo bajo control sino porque en realidad no tiene otra posibilidad distinta a lanzarse: eso es lo que hace de usted un ser digno de admiración.

Los portazos que ha recibido en la cara; los “No” que hicieron de usted un ser humano tan grandioso; las ilusiones que ha sido capaz de alojar en su pecho; las dudas que ha soportado tantas noches; los sueños que contó en voz alta y que luego lo hicieron quedar en ridículo ante los demás porque nada de eso terminó pasando; el horror de despertarse tranquilo y recordar, segundos más tarde, que esa persona ya no está… esos líos han sido sólo suyos.

Y la bondad que también le calienta el pecho; los buenos pensamientos que también rondan su cabeza; los gestos desinteresados que ha tenido con alguien más; su capacidad de amar como un niño a pesar de los años; el valor de atreverse a soñar aun cuando pareciera que en su caso ya no vale la pena; la gallardía de aparecerse y dar la cara a la mañana siguiente; el hecho de haber aprendido a llorar hacia adentro para portarse como los adultos; ganar sus pequeñas y grandes batallas cotidianas… todo eso, sin que usted tenga que tener ningún atributo digno de un Guinness Record, hace de usted un ser humano único y especial más allá de su caprichosa y aleatoria huella digital.

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