Una segunda oportunidad sobre la Tierra

Hace unas semanas oí a Diana Uribe (nuestra querida historiadora colombiana) narrando una parte de la historia de la India. Llegué al relato justo cuando decía que “Samsara” (que traduce “flujo, devenir”), era la palabra del sánscrito con el que el hinduismo explica la dinámica eterna de la vida. La vida como una rueda que gira y gira y gira.

Ayer, por otra parte, vimos en las redes sociales los videos tristes, vergonzantes y a la vez elocuentes de lo que hicieron algunos compatriotas nuestros en Rusia después del partido en el que Colombia perdió con el equipo de Japón. Y a medida que pasaban los minutos, los reproches crecían. Y después de los reproches, al tiempo con la censura, vino el odio y la sevicia y, en mi caso, la angustia.

A la vez (porque así es la vida: siempre hay muchas cosas pasando a la vez), en un contraste aplastante frente a los videos oprobiosos de nuestros nacionales, vimos el otro video de los hinchas japoneses recogiendo la basura de las graderías por iniciativa propia en unas bolsitas azules. Pero por estar en medio del aturdimiento entre la vergüenza y el dolor, la mitad del mensaje que enviaban los japoneses al mundo pasó inadvertida: a diferencia de los colombianos que se grabaron orgullosos para dejar un testimonio de su hazaña, las personas de Japón limpiaban en silencio, sin dejar registros para la posteridad en selfies ni transmisiones en vivo, y sólo levantaban la mirada y sonreían a la cámara cuando el colombiano que grababa el video los interrumpía diciendo “¡Felicitaciones!”, a propósito del partido.

En lo que tiene que ver con ese asunto, este fue el resumen de ayer: 2-1 en el marcador, 100-0 en conducta, ganando en ambos Japón.

Amigos, sí: lo que hicieron nuestros paisanos en Rusia fue terrible. Lo que ocurrió no sólo nos lastima en nuestra identidad como colombianos sino que agredió especialmente al género femenino, por una parte y, por otra, hizo una apología a la viveza (esa que nos sigue saliendo tan cara porque no nos deja ser el país desarrollado que sabemos que podríamos ser porque nuestro drama no es el de ser un país pobre sino azotado por la corrupción). Lo que pasó no se puede aceptar bajo ninguna circunstancia, es cierto.

Pero, compañeros, es igualmente cierto que los de las imágenes que vimos fueron seres humanos, sin ir más lejos, seres humanos como cualquiera de nosotros. Que se equivocaron en materia grave, sí, pero… tengamos presente que muchos de nosotros nos hemos equivocado también con cosas dolorosas y vergonzosas… con la diferencia de que de lo nuestro no quedó un video. Muchos hemos protagonizado escenas (no esas mismas –porque muchos ni siquiera hemos pisado Rusia- pero sí otras muy penosas) que en silencio agradecemos y rezamos por que queden sepultadas por allá, bien lejos, atrás, en el olvido.

Sin querer siquiera intentar justificar ni media cosa de las que vimos pasar en el dominó trágico de ayer, lo que quisiera proponer (y que es la razón que me animó a escribir estas líneas: proponer, como un reciclador que se empeña en encontrar un uso alternativo a lo que hay en medio del basural), lo que quisiera proponer es que usemos el recuerdo de esos videos como una cartilla de lo que nos urge corregir porque eso que hicieron los paisanos no es lo que somos todos los colombianos. Si ver la mula proverbial de Juan Valdez en los cafés del mundo nos enorgullece y si lo de ayer, en cambio, nos dolió tanto, es porque lo de ayer no es lo que somos… o por lo menos no es lo que queremos ser.

Insistiendo en la actitud recicladora, y teniendo en cuenta que mañana será otro día; que la vida sigue, al margen de las consecuencias que correspondan a los protagonistas de los descalabros de ayer, la invitación es a que tomemos medidas serias en nuestros núcleos (familiares, empresariales, académicos) para que el día llegue, por fin, en que seamos nosotros, como esta vez fueron los señores japoneses, los protagonistas del buen ejemplo.

A propósito de buenos ejemplos, se me ocurren, digamos, estos: ceda el paso en la calle y, de remate, sonría (si lo cede herniado de la rabia no hicimos nada). Avísele al tendero cuando le está dando más de lo que es en el cambio. Ábrale el ojo a su socio cuando, en el negocio que él le propone, él mismo se está estafando. Aunque usted haya pagado por el servicio que recibió, diga “Gracias” (y no le afloje a la sonrisa; esto es en serio). Cuando necesite preguntar al empleado del almacén dónde se encuentra el jabón, comience por un alegre “Buenos días”. Cuando el bus vaya lleno y necesite atravesarlo de extremo a extremo, en vez del codazo limpio pruebe decir en tono considerado “Disculpe”. Y, finalmente, si tiene hijos o si tiene el honor de ser profesor, quizás quiera ensayar algo que oí una vez decir a una de las personas más asombrosas que conozco en el mundo a su hija pequeñita cuando volvía feliz porque había conseguido robar una flor del jardín para dar de regalo a su mamá: el señor le dijo “Yo sé que tu intención es bonita pero para la próxima piensa en esto: ¿imaginas que todos los niños que viven en tu edificio cortaran también una flor para sus mamás? Nos quedaríamos sin jardín. Cuando vayas a hacer algo, piensa qué pasaría si todos los niños del mundo hicieran lo mismo que tú. Vas a ver que ese método nunca falla”.

Para terminar, queridos lectores (si los hubiera a estas alturas del texto ya), tomemos consciencia del inmensísimo poder que tenemos hoy gracias a las redes sociales: cuando escribimos textos llenos de odio y hundimos “Publicar”, tal vez no seamos conscientes de que hundimos el botón, hacemos la publicación, guardamos el teléfono en el bolsillo y seguimos como si nada con nuestra vida mientras que la de otra persona puede comenzar a desmoronarse por culpa de una bola de nieve (de esa nieve que circula por las cañerías) que nosotros, seguro sin pensar, echamos a rodar. Una cosa es censurar (y los hechos de ayer merecen una censura muy enérgica, es cierto) pero otra cosa es linchar. No es linchando gente como construiremos una nueva sociedad (lo hemos visto por muchos años. Lo sabemos).

La invitación, en resumen, es hacia el cambio (con pequeñas grandes acciones que, sumadas, un día nos harán sentir orgullosos en la misma medida en que hoy estamos avergonzados) y la invitación es también hacia el perdón: no conceder a esos paisanos una segunda oportunidad sobre la Tierra sería condenarnos, como el linaje de José Arcadio, a otros Cien Años de Soledad:

“Sin embargo, antes de llegar al verso final ya había comprendido que no saldría jamás de ese cuarto, pues estaba previsto que la ciudad de los espejos (o los espejismos) sería arrasada por el viento y desterrada de la memoria de los hombres en el instante en que Aureliano Babilonio acabara de descifrar los pergaminos, y que todo lo escrito en ellos era irrepetible desde siempre y para siempre, porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra” 

-Cien Años de Soledad 

Por: Sylvia Ramírez Rueda

Conferenciante internacional de Felicidad y Personal Branding
Coach Ejecutivo – Coach Personal
Autora de “Felicidad a prueba de oficinas” (Ed. Planeta, 2017)

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