Una segunda oportunidad sobre la Tierra

Hace unas semanas oí a Diana Uribe (nuestra querida historiadora colombiana) narrando una parte de la historia de la India. Llegué al relato justo cuando decía que “Samsara” (que traduce “flujo, devenir”), era la palabra del sánscrito con el que el hinduismo explica la dinámica eterna de la vida. La vida como una rueda que gira y gira y gira.

Ayer, por otra parte, vimos en las redes sociales los videos tristes, vergonzantes y a la vez elocuentes de lo que hicieron algunos compatriotas nuestros en Rusia después del partido en el que Colombia perdió con el equipo de Japón. Y a medida que pasaban los minutos, los reproches crecían. Y después de los reproches, al tiempo con la censura, vino el odio y la sevicia y, en mi caso, la angustia.

A la vez (porque así es la vida: siempre hay muchas cosas pasando a la vez), en un contraste aplastante frente a los videos oprobiosos de nuestros nacionales, vimos el otro video de los hinchas japoneses recogiendo la basura de las graderías por iniciativa propia en unas bolsitas azules. Pero por estar en medio del aturdimiento entre la vergüenza y el dolor, la mitad del mensaje que enviaban los japoneses al mundo pasó inadvertida: a diferencia de los colombianos que se grabaron orgullosos para dejar un testimonio de su hazaña, las personas de Japón limpiaban en silencio, sin dejar registros para la posteridad en selfies ni transmisiones en vivo, y sólo levantaban la mirada y sonreían a la cámara cuando el colombiano que grababa el video los interrumpía diciendo “¡Felicitaciones!”, a propósito del partido.

En lo que tiene que ver con ese asunto, este fue el resumen de ayer: 2-1 en el marcador, 100-0 en conducta, ganando en ambos Japón.

Amigos, sí: lo que hicieron nuestros paisanos en Rusia fue terrible. Lo que ocurrió no sólo nos lastima en nuestra identidad como colombianos sino que agredió especialmente al género femenino, por una parte y, por otra, hizo una apología a la viveza (esa que nos sigue saliendo tan cara porque no nos deja ser el país desarrollado que sabemos que podríamos ser porque nuestro drama no es el de ser un país pobre sino azotado por la corrupción). Lo que pasó no se puede aceptar bajo ninguna circunstancia, es cierto.

Pero, compañeros, es igualmente cierto que los de las imágenes que vimos fueron seres humanos, sin ir más lejos, seres humanos como cualquiera de nosotros. Que se equivocaron en materia grave, sí, pero… tengamos presente que muchos de nosotros nos hemos equivocado también con cosas dolorosas y vergonzosas… con la diferencia de que de lo nuestro no quedó un video. Muchos hemos protagonizado escenas (no esas mismas –porque muchos ni siquiera hemos pisado Rusia- pero sí otras muy penosas) que en silencio agradecemos y rezamos por que queden sepultadas por allá, bien lejos, atrás, en el olvido.

Sin querer siquiera intentar justificar ni media cosa de las que vimos pasar en el dominó trágico de ayer, lo que quisiera proponer (y que es la razón que me animó a escribir estas líneas: proponer, como un reciclador que se empeña en encontrar un uso alternativo a lo que hay en medio del basural), lo que quisiera proponer es que usemos el recuerdo de esos videos como una cartilla de lo que nos urge corregir porque eso que hicieron los paisanos no es lo que somos todos los colombianos. Si ver la mula proverbial de Juan Valdez en los cafés del mundo nos enorgullece y si lo de ayer, en cambio, nos dolió tanto, es porque lo de ayer no es lo que somos… o por lo menos no es lo que queremos ser.

Insistiendo en la actitud recicladora, y teniendo en cuenta que mañana será otro día; que la vida sigue, al margen de las consecuencias que correspondan a los protagonistas de los descalabros de ayer, la invitación es a que tomemos medidas serias en nuestros núcleos (familiares, empresariales, académicos) para que el día llegue, por fin, en que seamos nosotros, como esta vez fueron los señores japoneses, los protagonistas del buen ejemplo.

A propósito de buenos ejemplos, se me ocurren, digamos, estos: ceda el paso en la calle y, de remate, sonría (si lo cede herniado de la rabia no hicimos nada). Avísele al tendero cuando le está dando más de lo que es en el cambio. Ábrale el ojo a su socio cuando, en el negocio que él le propone, él mismo se está estafando. Aunque usted haya pagado por el servicio que recibió, diga “Gracias” (y no le afloje a la sonrisa; esto es en serio). Cuando necesite preguntar al empleado del almacén dónde se encuentra el jabón, comience por un alegre “Buenos días”. Cuando el bus vaya lleno y necesite atravesarlo de extremo a extremo, en vez del codazo limpio pruebe decir en tono considerado “Disculpe”. Y, finalmente, si tiene hijos o si tiene el honor de ser profesor, quizás quiera ensayar algo que oí una vez decir a una de las personas más asombrosas que conozco en el mundo a su hija pequeñita cuando volvía feliz porque había conseguido robar una flor del jardín para dar de regalo a su mamá: el señor le dijo “Yo sé que tu intención es bonita pero para la próxima piensa en esto: ¿imaginas que todos los niños que viven en tu edificio cortaran también una flor para sus mamás? Nos quedaríamos sin jardín. Cuando vayas a hacer algo, piensa qué pasaría si todos los niños del mundo hicieran lo mismo que tú. Vas a ver que ese método nunca falla”.

Para terminar, queridos lectores (si los hubiera a estas alturas del texto ya), tomemos consciencia del inmensísimo poder que tenemos hoy gracias a las redes sociales: cuando escribimos textos llenos de odio y hundimos “Publicar”, tal vez no seamos conscientes de que hundimos el botón, hacemos la publicación, guardamos el teléfono en el bolsillo y seguimos como si nada con nuestra vida mientras que la de otra persona puede comenzar a desmoronarse por culpa de una bola de nieve (de esa nieve que circula por las cañerías) que nosotros, seguro sin pensar, echamos a rodar. Una cosa es censurar (y los hechos de ayer merecen una censura muy enérgica, es cierto) pero otra cosa es linchar. No es linchando gente como construiremos una nueva sociedad (lo hemos visto por muchos años. Lo sabemos).

La invitación, en resumen, es hacia el cambio (con pequeñas grandes acciones que, sumadas, un día nos harán sentir orgullosos en la misma medida en que hoy estamos avergonzados) y la invitación es también hacia el perdón: no conceder a esos paisanos una segunda oportunidad sobre la Tierra sería condenarnos, como el linaje de José Arcadio, a otros Cien Años de Soledad:

“Sin embargo, antes de llegar al verso final ya había comprendido que no saldría jamás de ese cuarto, pues estaba previsto que la ciudad de los espejos (o los espejismos) sería arrasada por el viento y desterrada de la memoria de los hombres en el instante en que Aureliano Babilonio acabara de descifrar los pergaminos, y que todo lo escrito en ellos era irrepetible desde siempre y para siempre, porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra” 

-Cien Años de Soledad 

Por: Sylvia Ramírez Rueda

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“La espiritualidad está en la base de la felicidad”: Sylvia Ramírez en “En Directo”, por el Canal Capital

La espiritualidad nos conecta con la esencia interior y está en la base de nuestra felicidad. Para ser espirituales no es indispensable tener una creencia religiosa (si no lo queremos): basta con estar dispuestos a desarrollar un sentido especial de conexión con el entorno y con nosotros mismos. De esto estuvimos conversando con Luz Elena Ramos, la bella y carismática anfitriona con quien tuve el gusto de compartir en la emisión del martes 27 de marzo de 2018 en vivo por el Canal Capital.

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“¿Cómo lograr las metas?” – Sylvia Ramírez en entrevista por Noticias RCN

Cómo evitar distraerse, cuál debe ser la motivación adecuada, cómo estructurar un plan para lograr las metas: de estos y otros temas estuvimos conversando con Felipe Arias en Noticias RCN, en la emisión del 6 de marzo de 2018.

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Por: Sylvia Ramírez Rueda

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“¿Para qué sirve la espiritualidad en el trabajo?” – Sylvia Ramírez en BluRadio Colombia

De manera independiente a las convicciones religiosas (o a la ausencia de las mismas) en cada uno de nosotros, la Felicidad sí encuentra en la vida espiritual un componente determinante. De esto estuvimos conversando con los amigos de BluRadio el 4 de febrero de 2018. La conversación está disponible haciendo click en este enlace:

Sylvia Ramírez – Para qué sirve la espiritualidad en el trabajo – BluRadio Colombia 

 

Por: Sylvia Ramírez Rueda

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Reserve un espacio para la ineficiencia – “Lingotes de Felicidad” de Sylvia Ramírez

Cómo hacer listas de pendientes más efectivas. Curso para manejar el tiempo. App para el celular que repica cuando es hora de cambiar de tarea para mantener la atención. Aceleradores de ideas. Libros sobre productividad: este coctel puede volar la tapa del cerebro a cualquiera que se lo tome muy en serio.

Yo iba cayendo ahí. Sin tanta sofisticación, claro, pero sí –sin notarlo- se me fue incubando un sentido de urgencia que al principio era hasta interesante. Tenía una sensacioncita de estrés que me gustaba y que sobre todo me animaba a hacer las cosas más rápido; a hablar más duro y a tener posiciones más radicales sin que me temblara el pulso. Una maravilla.

A medida que pasaba el tiempo (contado en días) la sensación de urgencia fue aumentando y, lo peor, ya no la podía desactivar. Todo el tiempo sentía que iba tarde a algo, siendo que en realidad no tenía que ir a ningún lado si no quería. Comía rápido; leía rápido; me vestía de afán. Y lo grave no era tanto eso como que a toda hora estaba pensando cómo optimizar más el tiempo o, dicho sin filtrar, estaba pensando cómo embutir más actividades a la vez, en una misma sentada. Combos como pintarse las uñas + oír un audiolibro + contestar correos de trabajo + dejar bajando unos archivos + tener a la mano la libreta de apuntes para ir anotando las ideas nuevas y los pendientes que fueran apareciendo + dejar a la vista los tres libros en los que estoy investigando ahora mismo.

Si se mira despacio, la escena puede no parecer tan mortificante: en la medida en que ni el esmalte de uñas que va secándose ni los archivos que se están guardando necesitan mi intervención directa; en tanto los libros y la agenda de notas sólo están ahí (y si no los miro, no deberían existir) y dado que en realidad lo único en lo que tendría la atención dividida sería entre el audiolibro y los correos, el consejo elemental podría ser “Escoja entre poner atención al audio o responder e-mails”… pero no funciona así. Para el cerebro del que sueña con ser hiperproductivo la historia no es así.

Cuando llegué al punto de sentir (en la cabeza) que ya no estaba caminando sino arrastrándome hasta mi escritorio, en lugar de ir a mi silla me desvié hacia el sofá y le aparté el rato a entender qué era lo que pasaba. Al principio sólo me sentía más desesperada (porque en apariencia no estaba haciendo nada –y no hacer nada era la muerte), pero unos minutos después la idea llegó: entendí que aunque no estuviera usando la agenda ni consultando los libros ni mirando el porcentaje de descarga de los archivos ni soplando las uñas para que estuvieran más rápido, en mi cabeza cada ítem de esos no sólo era un asunto por resolver sino que, teniéndolo ahí, sobre la mesa, cada uno era una cuestión urgente. Si eran cosas urgentes, no podía sólo ignorarlas y contestar los correos o aprender del audiolibro: tenía que hacer un esfuerzo adicional (y muy grande, además) por hacer como que no me importaba que estuvieran ahí. ¡Eureka! Ese era el problema: tenía que estar lista para correr varias carreras a la vez. Eso se siente como estar listo para presentar varios exámenes finales de la universidad a la misma hora. Emocionalmente, estar tan a la trinca es como estar metido en una licuadora sin tapa.

Como para tener éxito en mi intención de acomodarme necesitaba un mantra (hay quienes funcionamos por comandos, sí), declaré “Voy a reservar un espacio para la ineficiencia”. Ineficiencia, porque parece que ya llegamos al punto de llamar así a la dulce concesión de hacer una sola bendita cosa a la vez.

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Tweet vía @SylviaNetwork

Ahora armo sólo combos que me gusten y que sean radicalmente realistas: poner el esmalte + audiolibro. Contestar correos + música. Agenda de notas + un (¡un!) libro de investigación. Y también endurecí el pellejo un poquito: entendí que no puedo ser El Todo de todo el mundo (por eso puse este tweet la otra noche –click aquí-) y cuando materialmente no puedo contestar o no me alcanza el tiempo para ir, no contesto o no voy. Y la misma regla aplica para cuando sincerísimamente no se me da la gana: por querer tener contento a todo el mundo me estaba drenando y sin energía no hay felicidad que aguante.

Es verdad que este ensayo lleva sólo una semana larga pero los resultados se vieron tan rápido y me ha funcionado tan bien que no podía dejar de compartirlo.

Porque cuando usted se muera de fatiga nadie va a ir a enterrarse con usted, fíjese sus propias normas para cumplir tan honesta y tan puntualmente con lo que tiene que cumplir como pueda, pero sin dejar el cuero en las cuerdas. Priorice pensando no tanto en lo que tiene que hacer (porque eso usted ya lo sabe bien) sino, quizás, decidiendo que es lo que en definitiva no hará o no le conviene seguir haciendo.

No es venganza ni es egoísmo. Tal vez sea eso que los expertos llaman asertividad… sólo que esta vez es con usted mismo.

Por: Sylvia Ramírez Rueda

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“Madurez y Sabiduría” – Sylvia Ramírez

El sinónimo más hermoso de madurez es felicidad porque las personas maduras han entendido que lo normal es ser felices. Y la forma más sencilla de serlo y de fluir en la vida, a menudo consiste en estar sinceramente dispuesto a contribuir con lo inevitable. El ser humano maduro no rema nunca contra la corriente pero siempre encuentra el modo ingenioso de transformar su realidad y de mejorarla… sin consumirse en cruzadas insensatas.

Decir que madurez y felicidad son sinónimos, por supuesto, es una licencia poética que, sin embargo, me he concedido porque la intención de la metáfora lo amerita: los adultos necesitamos entender (o, mejor, recordar) que alcanzar la madurez no consiste en avinagrarse sino en endulzar los pensamientos. Primero, los que se tienen en relación consigo mismo: es hora de dejar de lastimarnos con exigencias de perfección autoimpuestas que no sólo no llevan a ningún lado sino que –sobre todo- nadie está esperando que satisfagamos. Dicho de otro modo, la primera muestra de dulzura que tiene el adulto maduro a nivel personal es la de entender que él es él (o ella) en tanto no es otra persona.

Entenderse como un ser único implica abrazar con serenidad el hecho de que uno es diferente (diferente, más que especial). Sí: cuando uno asume que uno es el que es, de ahí en adelante sólo puede mejorar; pero ya no con la presión de –por fin- dejar de hacer las cosas mal, sino con la asombrosa tranquilidad de quien es capaz de reconocer que el prado del vecino a veces sí es más verde sin que eso comprometa su integridad emocional.

Lo otro que también se les da muy bien a las personas maduras es el arte de tomar decisiones importantes sin tener que convocar un plebiscito para ese efecto. Esa viene siendo a la vez una expresión de sabiduría: estar resuelto a honrar sus sueños; reconocer sus limitaciones y decidir qué quiere hacer con su vida sin preguntar a otro cómo se supone que usted debería sentirse en relación con lo que le gusta, es propio de alguien que ya ha acuñado cierta experiencia (experiencia, que no es lo mismo que resabios).

Claro: cuando la puesta en marcha de nuestro plan involucra a otros, no podemos irnos por la vía de en medio y, sin embargo, teniendo en cuenta que todavía no figura en el código penal el delito de “Porte ilegal de pensamientos”, permítase perfilar sus sueños con toda la fantasía que pueda soportar y por el camino llegue a acuerdos con los demás involucrados para ir cumpliéndolos. Pero busque el modo de hacerlo: en ningún lado dice que es un acto de amor condenar a sus sueños a que nazcan muertos. En asumir sus deseos está su madurez y en concretarlos respetuosamente está su sabiduría.

Por último, y a propósito de sus interacciones con otros sujetos, tenga en cuenta que una persona madura se distingue porque es capaz de crear escenarios de valor con la participación de los demás o, puesto en otros términos, lo que quiero decir es que un indicador muy elocuente de su lucidez emocional está en desprenderse –genuinamente- de la obsesión de ser el único que aparece en la foto al lado de cada logro.

Como pasa con muchas cosas que involucran seres humanos, la reflexión acaba siendo circular: recuerde que el sinónimo de madurez es felicidad, así que en lugar de ir tratando de aconductar a quienes lo rodean o de ir tratando de moldear las circunstancias de una forma específica, anímese a desarrollar un sentido de perfección en las cosas que lo rodean exactamente como son. Entre otras, porque nunca he sabido de alguien que a partir del rencor o del hastío haya podido construir una vida que valga la pena vivir para contarla. Y la suya sí valdrá la pena. Permítame insistir en pensar que sí.

Por: Sylvia Ramírez Rueda

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Artículo publicado en la revista “Con Sentido Vital“, edición No.21, enero de 2018

Felicidad de regreso a la oficina

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Así se ve mi mundo desde el 03 de enero

¿Cómo regresar a la oficina sin dejar de ser feliz? Evitando que se nos fugue la energía por la misma rendija de siempre.

Un error que cometemos año tras año y que hace que la vida se sienta igual, es el de exprimir las vacaciones hasta el último minuto, llegar a la oficina afanados y ponernos de inmediato a trabajar. Trabajar es, quizás, lo único que no deberíamos hacer en los primeros días (o al menos en las primeras horas) después de las vacaciones.

Si todavía es posible, dediquemos un espacio importante a la transición (a estabilizar el sueño, la comida, organizar la ropa) y a la planeación. Antes de prender el computador y comenzar a HACER cosas, apartemos un espacio para pensar qué es lo que nos gustaría lograr; que quisiéramos hacer distinto y –muy importante- qué vamos a seguir haciendo igual porque nos ha venido funcionando bien.

A mí me pasó que desde finales de octubre tenía ya comprometida la agenda hasta mediados de febrero y por eso, en realidad, no he tenido vacaciones (no “a mi manera”, por lo menos. Los días que estuve fuera no fueron de descanso y estoy trabajando desde el 03 de enero)… así que casi no siento ni siquiera que haya cambiado el año… pero por lo mismo me he prometido unos días libres en la segunda mitad de febrero. No sé cómo, no sé adónde, pero ahí va a ser.

Si ese es su caso (el de no haber parado), en vez de estar de mal genio por la agenda que no da tregua (estar de mal genio es una posibilidad muy liberadora, claro, pero hay otras cosas que pueden ser más estratégicas), en vez de rezongar, le propongo tres movidas: (i) aproveche la buena onda en la que llega la gente que sí salió para tener algunas conversaciones de alineación de las metas del primer trimestre (pensar en términos de “año” puede ser abrumador); (ii) organice sus metas personales en orden de prioridades –recuerde que el trabajo es un medio; un medio, no un fin- y (iii) prométase una fecha de descanso. Yo no sé si en febrero pueda parar en realidad. No sé si se atraviese un proyecto más chévere. No sé si tenga que cambiar de opinión en ese momento pero lo cierto es que, ahora mismo, pensar y defender las dos semanas que tengo vistas en el calendario, hace que la falta de descanso de ahora sea más abordable.

Para ser feliz no hay una receta pero es verdad que usted sabe cuáles son los ingredientes que mejor le funcionan, así que, ¡adelante!

¡Feliz aterrizaje!

Por: Sylvia Ramírez Rueda

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“El Ego, el enemigo más fuerte para liderar” – Sylvia Ramírez para Ámbito Jurídico

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¿Cómo disminuir el ego?

El título real de este artículo debió ser “El Ego, el talón de Aquiles de los abogados grandes”, dado que la cuestión de base es la siguiente: antes que estar al día con las últimas reformas legales, los avances más recientes en la ciencia del liderazgo apuntan a que el atributo interno definitivo para liderar una firma de abogados es la humildad. Y ocurre que la humildad es un fenómeno relativamente exótico en nuestra profesión. Sí, humildad, que no consiste en tener una disposición incondicional a permitir que otros pasen por encima suyo, sino que, al contrario, se concreta en la virtud de conocerse; de saber cuáles son sus límites y de no necesitar ganar todos los casos, aparecer a diario en las noticias ni estar siempre en lo cierto para saber que usted es un abogado competente. La humildad, entendida como sencillez, puede ser el detonante de su éxito como líder -y de paso del de su oficina- porque le permitirá enfocarse en las cosas que son en realidad importantes.

De acuerdo con este planteamiento, más que creer en las reflexiones que encontrará a continuación, de lo que se trata esta lectura es de invitarlo a ir tomándose el pulso mientras se adentra en el texto, comenzando por lo que puede que comience a sentir en un par de segundos, al entender una distinción que es clave para dirigir una firma: ego y autoestima son conceptos inversamente proporcionales. A un ego grande, corresponde una autoestima pequeña. A una autoestima grande, corresponde un ego pequeño. Ahí está la nuez de todo.

¿Qué tan grande es su ego?

El ego, que en apariencia consiste en una tupida red de autoconceptos positivos que construimos alrededor de nosotros mismos para ser capaces de interactuar con otros abogados y sentirnos seguros, es en realidad una armadura que no nos deja mover con agilidad ni decidir con precisión porque es una estructura diseñada para darnos una ilusión de seguridad, no para que interactuemos mejor. De ahí que sea tan urgente comenzar por fortalecer la autoestima, de modo que el ego se vaya desinflando por la naturaleza misma del proceso.

Y, bien, para hacerse a una autoestima fuerte y flexible, no hay un único camino seguro. No obstante, de entre los métodos válidos, hay uno que es mi favorito porque favorece la salud emocional de un abogado que, por su profesión, está expuesto a las críticas, a las derrotas y a las glorias (como sabemos, en el caso de un abogado todos estos escenarios pueden llegar a presentarse en un mismo día mediante tres notificaciones de tres providencias distintas o a través de tres llamadas telefónicas sucesivas).

Manos a la obra: hay que cambiar de obsesión

La estrategia consiste en lograr que coincidan en usted los atributos de las personas que son emocionalmente más fuertes; es decir: (i) que usted tenga claro por qué es valioso (de manera que no necesite demostrárselo a nadie); (ii) que tenga una gran confianza en sí mismo (en que usted es capaz de afrontar los desafíos que se le presenten) y (iii) que usted, desde el punto de vista estético, considere ser una persona que encaja con naturalidad en los círculos sociales y profesionales que frecuenta (los despachos judiciales, las aulas de clase y los clubes sociales, por ejemplo).

Por supuesto, el desafío que le planteo es grande, teniendo en cuenta que una de las estrategias más exitosas para domar el ego consiste en liberarse de la necesidad de ganar y que, al tiempo, resulta que a los abogados nos pagan por ganar los casos. Partiendo de esa peculiaridad de la vida del jurista, es muy posible que la salida al problema esté en cambiar de obsesión: ¿qué tal si pasa de querer ganar a obsesionarse con garantizar la mejor defensa posible de su cliente? Sí, esta puede ser una solución: si usted asume el compromiso personal (y si, de paso, lo transmite a los abogados que trabajan en su oficina) de asegurarse de agotar todas (pero en verdad todas) las posibilidades de acción dentro del marco de lo ético, de lo justo y de lo legal, y la sentencia o el resultado final le es desfavorable, su autoestima saldrá ilesa. Traicionarse a sí mismo era el precio que de antemano usted había convenido en que no estaría dispuesto a pagar, así que no terminó pasando nada que no supiera que podría ocurrir. Y usted, en medio de todo, no se siente menos valioso. Este es el resumen de la transacción emocional que ocurre al interior de un abogado que tiene una autoestima grande y un ego pequeño cuando las cosas salen al revés.

Bajo la lupa: el ego del líder

El ego no siempre es malo. Es más, de no ser por el ego, el líder siempre se mantendría en la dinámica de lo que conoce; nunca tendría ambición y lo cierto es que a los negocios grandes se accede ambicionando (queriendo) ir más allá de lo conocido. Esta anotación es indispensable por cuanto para liderar una firma en la época actual no hace falta emular al Dalai Lama sino entender que sus prioridades no pueden seguir siendo las del abogado que protagoniza la mayoría de los chistes de salón; es decir, ganar el pleito y quedar en la foto. Esos no pueden continuar siendo sus principales objetivos porque, de ser así, estaría descuidando el rol esencial del líder, que no es otro distinto al de proteger (por encima del de guiar, incluso) a las personas que están a su cargo.

Por lo tanto, el ego del líder se mantiene en un saludable equilibrio cuando éste entiende que su éxito personal es igual (o quizás un poco menos) importante que el de las personas que trabajan en su despacho. Hagamos una cuenta sencilla: qué prefiere, ¿no figurar en todos los negocios ganados pero tener el honor de dirigir una escuadra de abogados ganadores o quedar sonriendo en las fotos de un par de casos ganados pero arrastrar el fardo de ser el director de un grupo de abogados que ni sumados podrían atender un asunto de mínima cuantía? Antes de contestar en modo concluyente a esta pregunta recuerde que la vida útil de un profesional del Derecho es de alrededor de unos cincuenta años y que para atravesar todo ese desierto es mucho más estratégico contar con un equipo prestigioso. La pregunta importante (pensando en usted como un líder que trasciende en el tiempo), incluso si trabaja solo en su oficina, es cuántas vidas ha logrado impactar para bien a lo largo de su camino; no cuántos trofeos haya recibido.

El rédito jurídico del amor

Para seguir puliendo su perfil como líder también valdría la pena que repare en un fenómeno que, aunque humanísimo, nos esforzamos en asfixiar o en disimular: el amor (que en condiciones normales habita en todas las personas) no se queda afuera, en la puerta de la sala de audiencias ni a la salida del ascensor antes de entrar a su firma. El amor hace parte, como el calcio y el hierro, de la estructura de un ser humano. Permítase ser un líder amoroso.

Para lograrlo, lo primero es entender que “amoroso” no significa “débil” sino “consciente”. El líder inspirador es aquel que es consciente de los miedos y de las capacidades del humano que tiene al frente y que lo acompaña a lidiar los primeros y a explotar las segundas. Por lo tanto, si usted acepta el desafío de ser esta clase de director, el éxito comercial de su firma se incrementará pronto: no es necesario hacer un estudio antropológico muy profundo para caer en la cuenta de que cuando el ser humano trabaja en un entorno donde se siente valorado y seguro, trabaja más y mejor. Sobre todo mejor (cuando no estamos ocupados defendiéndonos de los socios de la firma, solemos ser más creativos defendiendo los intereses del cliente). Esta es una proyección financiera relativamente sencilla de hacer. El rédito jurídico y económico de liderar desde el amor debería bastarnos para animarnos a fortalecer la autoestima y a reducir hasta un nivel saludable al ego invasor.

*Artículo publicado en la revista Ámbito Jurídico, edición especial de septiembre de 2017. Legis Editores, ISSN 2339-4730

Por: Sylvia Ramírez Rueda

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Imagen: “Marca Personal y Ego”, blog de Eva Collado Durán

“¡TRABAJE SIN SUFRIR!”, el contundente titular sobre Felicidad a prueba de oficinas en el diario El Tiempo

Vivimos en una época en la que rendimos culto a la productividad y la gente se siente orgullosa de estar dañando su salud por estar muy ocupada”: así comenzó esta conversación con la periodista Maru Lombardo, de El Tiempo, en la nota que los invito a leer en el siguiente enlace:

“Trabaje sin sufrir”, Sylvia Ramírez para El Tiempo, Colombia

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Periódico El Tiempo, 21 de octubre de 2017

 

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Leoncio, mi gato, chismoseando la publicación

Por: Sylvia Ramírez Rueda

Conferenciante internacional de Felicidad y Personal Branding
Coach Ejecutivo – Coach Personal

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“Todos merecemos una Felicidad a Prueba de Oficinas” – Sylvia Ramírez en la revista Planeta de Libros

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“Planeta de Libros”, septiembre de 2017

Si lo que menos tenemos es tiempo, ya no es tan cierto que “El tiempo es oro”: a juzgar por su escasez, las horas del adulto se cotizan por lo menos al precio del platino (o hasta del plutonio). La mayoría de nosotros se siente viviendo contra el reloj porque por lo general se pasa su vida trabajando. En ese estado actual de cosas el silogismo que rige la cotidianidad del humano en edad productiva hoy es simple: el 75% del tiempo que estamos despiertos lo invertimos en trabajar y las cosas que pasan en la oficina no se quedan allá sino que nos acompañan, como la sombra, hasta la casa (¡hasta la cama!); por lo tanto, vivir un infierno en el trabajo es prácticamente una garantía de vivir un infiernito personal.

La abundante y por lo general bienintencionada literatura del mundo de la superación personal sugiere, entre otras soluciones, técnicas de autohipnosis para poder transportarnos en la mente a nuestro destino vacacional favorito cuando el jefe se pone rudo o cuando el colega fastidioso haga de las suyas. Y aunque puede que ese remedio sirva, esa debe ser una medida de estricta emergencia; ¡no un estilo de vida! Lo ideal sería poder ser feliz justo donde cada quien está. Lo emocionante sería aprender a administrarse mejor para no ser tan vulnerable ante las cosas que pasan ni arrasar a los demás.

Esa es, pues, la apuesta de “Felicidad a prueba de oficinas”. Encender la revolución del realismo optimista en cada lector. Darle herramientas para comenzar a fijarse en aquello que de verdad vale la pena. Exorcizarlo de la creencia de que hay que elegir entre ser exitoso y ser feliz. Sacarle de la cabeza la idea de que la oficina (o la vida) es un campo de batalla. Acompañarlo a comprender su sistema interno de toma de decisiones y, por supuesto, señalarle nuevas posibilidades de pensamiento para que comience a hacerse mejores preguntas porque con ellas llegarán mejores decisiones y, justo ahí, los nuevos días habrán comenzado.

Sin tener que cambiar de trabajo ni de cubículo (si no hace falta) y sin desconocer que hay casos insalvables de ambientes tóxicos en los que ni el propio líder puede sentirse a gusto, Felicidad a prueba de oficinas es, en suma, un manual de supervivencia emocional para seres humanos que están en edad de producir sin que trabajar siga siendo –como hasta ayer-, sinónimo de sufrir.

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