“Sí, sí eres especial”

Porque los lunes a veces nos deprimen, hubo un lunes que fue mi turno. Estaba tristísima y en un acto de heroísmo invisible explayé mi retahíla de frustraciones delante de la persona que sentí más cercana. Sentía que tenía demasiadas cosas por atender y que ya no estaba dando abasto. Me sentía muy perdedora. Habiendo quedado tan vulnerable como si tuviera la piel en carne viva, la respuesta que recibí de mi confesor me dolió hasta la médula pero hoy ya soy capaz de agradecerla: “Es que tú crees que eres especial. Tú no eres especial. Yo no quisiera ser tú”. Aunque en ese momento sólo pude contestar con algunas lágrimas y pedir algo de empatía, ahora comprendo que lo que sentí como un latigazo en realidad fue más parecido al sacudón de la alarma de un reloj despertador. Y despertar es algo que siempre será de agradecer. En la situación en que estaba tenía dos opciones: o darle crédito a lo que oía y reducir mi autopercepción de valor hasta el suelo o sentirme valiosa no porque alguien más me lo dijera sino porque yo decidía que así era. Escogí lo segundo. Y usted debería hacer lo mismo.

Según la lógica clásica el problema de que todos seamos especiales es que a la larga nadie termina siéndolo. Tiene sentido, sí, pero esas son cuestiones de la filosofía y del arte de la argumentación a las que no tengo pensado atender hoy porque lo que quiero decir es que sí somos especiales. Todos. Usted y yo. No sólo por el hecho de que usted es la única persona sobre la tierra con sus huellas digitales sino porque nadie más sabe lo que se siente ser usted. Nadie podría comprender en su verdadera dimensión el esfuerzo que tuvo que hacer para salir al otro lado después de ese desafío que casi lo acaba. Nadie es capaz de amar de la forma en que usted lo hace; quizás torpe a veces pero grandiosa a su manera. Quién como usted sabe lo que ha sido necesario hacer para juntar todos sus pedacitos de nuevo y animarse a salir de la cama cuando la vida le cambió de repente todas las reglas de su juego. Nadie más en la tierra, por parecido que sea, sabrá nunca lo que se siente vivir bajo su piel. Rumiar sus miedos y seguir adelante como si nada, no porque tenga todo bajo control sino porque en realidad no tiene otra posibilidad distinta a lanzarse: eso es lo que hace de usted un ser digno de admiración.

Los portazos que ha recibido en la cara; los “No” que hicieron de usted un ser humano tan grandioso; las ilusiones que ha sido capaz de alojar en su pecho; las dudas que ha soportado tantas noches; los sueños que contó en voz alta y que luego lo hicieron quedar en ridículo ante los demás porque nada de eso terminó pasando; el horror de despertarse tranquilo y recordar, segundos más tarde, que esa persona ya no está… esos líos han sido sólo suyos.

Y la bondad que también le calienta el pecho; los buenos pensamientos que también rondan su cabeza; los gestos desinteresados que ha tenido con alguien más; su capacidad de amar como un niño a pesar de los años; el valor de atreverse a soñar aun cuando pareciera que en su caso ya no vale la pena; la gallardía de aparecerse y dar la cara a la mañana siguiente; el hecho de haber aprendido a llorar hacia adentro para portarse como los adultos; ganar sus pequeñas y grandes batallas cotidianas… todo eso, sin que usted tenga que tener ningún atributo digno de un Guinness Record, hace de usted un ser humano único y especial más allá de su caprichosa y aleatoria huella digital.

Somos esclavos de lo que nos entretiene – columna “Lingotes de Felicidad”, Centro, México

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Así nos vemos ante lo que nos gusta

El único escenario donde tiene sentido apagar todos los filtros, entregarse al encanto de las apariencias y no tratar de entender el truco, es el espectáculo de un mago. Para el resto de los episodios de su vida le irá mejor si se mantiene dentro de lo que llamaremos aquí un “Nivel de duda razonable”. Comenzando por los generosos diálogos internos que transcurren en su propia cabeza.

Carl Sagan (el esclarecido anfitrión de Cosmos; el científico), dentro de sus muchos aciertos nos advierte que entre más queramos que algo sea cierto, más escépticos tenemos que ser. Y no porque estemos obligados a presentir la maldad en cada humano que se acerca sino porque a los de nuestra especie los caracteriza una debilidad penosa y muy evidente: en silencio estamos dispuestos a entregar lo que sea a cambio de que nos entretengan. Queremos que nos descresten; rogamos que nos maravillen. A cambio derrocharemos con gusto desde tiempo (que es poco y es limitado), pasando por sumas escandalosas de dinero, hasta ceder buena parte de (o toda) nuestra dignidad.

Y este resabio hedonista se complica por el desafío que lo acompaña: el verdadero drama del adulto es su independencia. Para ser de verdad libre hay que medírsele a tomar por uno mismo las decisiones impopulares que antes imponían los papás o los maestros. Por eso antes la vida era fácil; porque lo que nos pasaba no era nuestro problema. Pasados los veinte, quien quiera llegar lejos tiene que aprender a defenderse de sí mismo y de sus apetitos porque por más protegido que uno se sienta tras sus murallas de conceptos y de amor propio, llega un punto de la vida en que a uno le pasan exactamente las cosas que hace que le pasen. Sólo esas.

Y para que le pasen mejores cosas (o al menos para no matarse demasiado pronto en el intento de ser feliz), hay que hacerse preguntas serias; de esas que funcionan como salvavidas; que impiden que nos enredemos en lo que no es. Por ejemplo, ¿se ha preguntado con cuánta fantasía le basta para ser feliz? Admitamos que nuestro viacrucis no se ha trazado tanto con lo que otros nos han hecho sino con nuestras incontrolables ganas de creer. Si una lección debe quedarnos de todo es que para tener más días felices y no sólo una noche intensa y corta, hay que aprender a levantarse de la mesa; hay que tener al menos un bosquejo del mapa personal de riesgos en la cabeza: piense de antemano qué es lo máximo que pagará por un capricho. Y páguelo. Y vívalo. Y góceselo pero hasta ahí: como quien se viste y se perfuma para ir una noche a ver el show del mago pero no se le pasa por la mente casarse con él. Viva su vida como el dueño de su propio teatro; no como la marioneta. Así.

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Columna publicada en el periódico “Centro”. Puebla, México, en enero de 2017. Enlace a la publicación del periódico haciendo click aquí: 19o lingote de felicidad de Sylvia Ramírez 

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Planes del cerebro que mutilan los del corazón – columna “Lingotes de Felicidad”, Centro, México

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Así nos vemos cuando hiperplaneamos

 La forma más rápida –y más barata- de conseguir dejar de arrastrar su pasado es soltando el control de su futuro. Hay que renunciar a las ganas de querer manipular cada cosa que va a ocurrir porque el único lugar donde los acontecimientos pasan siempre del mismo modo (como en un carrusel diabólico) es en su cabeza: la vida es tan caprichosa –tan fértil para que se presenten situaciones fantásticas-, que no vale la pena sentarse a ver una y otra vez la misma película que ya conoce.

Soltar –en serio- el control de su futuro implica dejar de atesorar el drama de lo que ya pasó y que ahora sólo existe en su mente. No es fácil. A veces tengo la impresión de que lo que impide esa despedida es que nos da miedo quedarnos solos; dejar ir ese temor que, en parte, nos define. Es como si creyéramos que si soltamos esa idea que nos duele seríamos un poquito menos nosotros.

Por lo tanto (y porque estamos en la fase inicial del año) hay que exorcizar la obsesión de planear. Planear es a la vida lo mismo que un paseo en bicicleta estática es para nosotros: una forma inteligente de invertir el tiempo, sí, pero a la larga nada más que un paseo imaginario. Y, por favor, entiéndame al derecho: evidente, obvia, ¡naturalmente hay que trazarse metas! Si no lo hiciéramos, no progresaríamos (o al menos no conseguiríamos avances importantes en la vida). La invitación es otra: proyectemos las metas grandes que queremos conquistar en el año pero no depositemos nuestra fe en la creencia de que porque tenemos un plan detallado todo va a salir bien. O mejor: lo que no hay que hacer es creer que las cosas han salido bien sólo si se han ceñido al libreto que habíamos preparado. ¿Qué tal que no le hubiera pasado esa casualidad que cambió su vida? Las casualidades se llaman así justo porque no hacen parte del plan. Su encanto es que no estaban en el plan.

Lo otro que es muy importante es que recuerde que usted es más que una masa con signos vitales cuya meta es ir de cada enero a cada diciembre en línea recta. En eso no radica el sentido de la vida. Tampoco consiste en ser la encarnación de todas las virtudes (por fortuna). Se trata, apenas, de vivir: de hacer que le pasen cosas y de permitir que le pasen otras. Sencillo. Por eso es que la excesiva planeación es tan aparatosa como ponerse un guante para acariciar un trozo de terciopelo: no sólo no hace falta hacerlo (porque no se va a morir si no hiperplanea o si no se pone el guante) sino que, si se pone en esas, sólo logrará anular el encanto de la experiencia.

Si está leyendo esto, con seguridad usted es un piloto responsable de su vida. Confíe en su capacidad de maniobra. Despida al capataz; quítelo del timón. Ceda el volante a su imaginación y, mentalmente, contésteme una cosa: “Cuando piensa en (ponga su nombre aquí), ¿en qué piensa?”. Use esa respuesta para enderezar el curso de su vida hacia la felicidad y brindemos en nuestras cabezas por todas las cosas (imaginables y locas) que están a punto de pasar.

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Columna publicada en el periódico “Centro”. Puebla, México, el 12 de enero de 2017. Enlace a la publicación del periódico haciendo click aquí: 18o lingote de felicidad de Sylvia Ramírez 

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Este todavía puede ser un gran año – columna “Lingotes de Felicidad”, Centro, México

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Lo grandioso es grandioso porque usted así lo declare

Todo depende de lo que vamos a entender por “gran”. No podemos seguir haciéndonos el mal de creer que para que algo sea ‘grandioso’, tiene que ser ‘perfecto’. Pensar así sólo conseguirá que la felicidad sea un espectáculo que continuaremos mirando desde la ventana, como ese al que no le alcanzó para pagar el boleto de entrada al show.

Esta vez hagamos las cosas al derecho: aceptemos que, muchísimas veces, menos, es más. Pensemos, por ejemplo, en su realidad, que parece menos perfecta de lo que quisiera que fuera. Claro: aún no consigue eso que cree que le falta para ser feliz. Esa realidad incompleta, así como está, tiene también unas características muy particulares: menos ruido en la cabeza; menos líos; menos distracción (tranquilo: no le voy a decir que por eso su vida ya debería parecerle feliz. Tengo algo mucho más interesante que plantearle). La pregunta del millón, con todos esos espacios libres, es qué va a hacer con usted hoy: ¿va a creer que tiene un montón de tiempo libre para sufrir pensando en todo lo que le gustaría tener y no tiene (y preguntándose por qué -en su caso- no funciona eso del poder de la mente y de la ley de la atracción)? La otra posibilidad sería usar ese espacio en blanco para tomar decisiones importantes que todavía están pendientes. No crea que si su vida fuera distinta sería más feliz: un día va a entender que el tiempo lindo era este. Y más adelante también vendrán días lindos, por supuesto. Lo que quiero decir es que es muy triste que desperdicie estas horas; esta vida preciosísima que tiene ya mismo.

Olvidemos por un momento el saldo en el banco, las medidas que le gustaría tener, la compañía que anhela a su lado y pensemos en usted, sólo en usted; en la persona que es; en sus habilidades emocionales de este momento: ¿no se siente, acaso, mejor ahora?, ¿no siente que hoy comprende muchas cosas mejor que hace un mes o incluso una semana?

Este todavía puede ser un gran año si comenzamos a maravillarnos por las cosas realmente valiosas y dejamos de ser tan incrédulos con lo que merece algo más de confianza por parte de nosotros. La raíz de nuestra miseria está en que nos embelesan las fotos ajenas retocadas y no creemos que nuestra vida o nuestra celebración en casa está siendo suficientemente buena.

Para que este merezca ser llamado “un gran año” usted no tiene que ser aceptado en ningún lado distinto a donde está ni aprender inglés (o cualquiera que sea su propósito eterno de año nuevo): en realidad sólo tiene que “resintonizarse” con lo importante. Declare que nadie le debe nada (no hay tal cosa como “años desperdiciados” ni “disculpas pendientes”: sentir que le deben eso es una fuga espeluznante de energía). Suelte el afán de controlar y de querer llegar a algún lado en particular y note cómo su mundo sí gira al derecho. Mejor dicho: este puede ser un gran año si, básicamente, usted resuelve ya mismo que sí lo es (porque sí lo es. Admítalo o no, sí-lo-es).

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Columna publicada en el periódico “Centro”. Puebla, México, el 29 de diciembre de 2016. Enlace a la publicación del periódico haciendo click aquí: 17o lingote de felicidad de Sylvia Ramírez 

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“Felicidad” no se escribe con llanto – Columna “Lingotes de Felicidad”, Centro, México

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Todos estamos conectados

Si la vida funcionara como las transacciones de la bolsa de valores, donde para recibir una cosa hay que entregar a cambio otra, ninguno de nosotros habría vivido la mitad de todas las escenas lindas que ha protagonizado, ¿o sí? Veamos: ¿prepagó la gentileza de ese extraño?, ¿remó muy duro para que los colores del atardecer tuvieran ese tono ámbar tan fotogénico?, ¿pasó muchas noches sin dormir para que a ese humano irresistible le pusieran esos ojazos con los que lo mira?

Y, a pesar de que todas esas bellezas pasan –y pasarán- sin nuestra intervención, cuando las estamos disfrutando y no nos cabe más alegría en el pecho, el cerebro (en su afán de sellar cualquier rendija por donde se pueda colar el sufrimiento), interrumpe el trance mágico en el que estamos con la pregunta más floja (y más arruinadora de momentos) que podemos hacernos alguna vez: “¿Con cuánto dolor voy a pagar luego por todo esto tan bueno?”. Ay, no. Ay, ¡no!

¿Por qué [inquirió una lectora de esta columna], cuando todo nos está saliendo bien, nos preguntamos si la vida nos lo va a cobrar más adelante?, ¿por qué uno no puede disfrutar a plenitud esa felicidad que va encontrando?

Porque creemos que ganamos en dignidad pagando las cosas con dolor. Porque pensamos que hay que sumar puntos. Porque no entendemos que las cosas lindas nos pasan por el hecho de ser nosotros. ¿Acaso un padre amoroso, cuando entrega un regalo a su hijito, está pensando “Condenado: ¡vas a pagar por esto!”? ¡NO! Se lo da porque lo ama y lo ama porque es su hijo, punto. Sin exigirle ninguna gracia adicional. Y nosotros, ¿no somos, pues, hijos nacidos de este universo? Lo que funciona en pequeña escala (como el padre que regala el juguete al bebé), también aplica en nuestro caso con La Vida, que se empeña en regalarnos cosas sin que tengamos que aprobar ningún examen.

Recapitule las metas en las que ha tenido éxito. A qué las atribuye, ¿a que las pagó anticipadamente con dolor? ¿Qué tal que sus triunfos se deban a que se ha encontrado en el momento exacto en compañía de las personas precisas, un poco de buena suerte y, por supuesto, su energía nunca dispersa sino condensada en horas de trabajo disciplinado?

Háganos un favor (porque estamos todos conectados): la próxima vez que le pase una cosa bonita, pequeña o grande, ríndase; entréguese al momento sin tratar de descifrar “por qué” fue usted el elegido. Sólo maravíllese por el modo como le pasan las cosas y sonría. Sobre todo sonría, que esa energía sí que se riega por el cosmos. Eso, así, despacito: sienta a cada latido esa naturaleza abundante de la usted y yo hacemos parte y sonría.

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Columna publicada en el periódico “Centro”. Puebla, México, en diciembre de 2016. Enlace a la publicación del periódico haciendo click aquí: 16o lingote de felicidad de Sylvia Ramírez 

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A caballo regalado… ¡SÍ se le mira el colmillo!

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Aunque tenga mucha necesidad, si no es lo que quiero, ¡no va!

 

Ya no recuerdo cuándo fue la última vez que acudir a un refrán me haya servido de algo. Casi todos traen una trampa encubierta: con la buena intención de ahorrarnos un mal terminan causando un agravio mayor. Y este no es la excepción: “A caballo regalado no se le mira el colmillo”. Por caridad, ¡míreselo siempre!, ¡siempre!

Míreselo con lupa, especialmente, a la hora de establecerse con alguien. Note que no dije “A la hora de amar sino de establecerse; de comprometerse. Usted ame a quien le plazca, que justo en lo irrefrenable del sentimiento está el encanto pero, eso sí, no firme nada si no se trata de un buen caballo. Por más necesitado, por más acorralado que se sienta en su soledad, antes de dar cualquier paso definitivo, pregúntese: “Esta persona, ¿es afín conmigo?” (Afinidad quiere decir “estar de acuerdo en lo fundamental”). Segunda pregunta: “Esta persona, ¿me acepta y me respeta tal como soy o tengo que violentar mi esencia para encajar en sus requisitos?” Y tercera pregunta: “Cuando en esta relación acordamos algo, ¿se cumple?”

Para los asuntos del amor no hay un manual ni ninguna compañía de seguros expide pólizas, es cierto. Pero si, más allá de creer en cosas ‘distintas’ (que es normalísimo), lo que sucede es que creen en cosas ‘opuestas’; o si se trata de alguien que se burla o le exige cambios más allá de lo razonable (más allá de las minucias logísticas de la urbanidad y de los buenos modales) o si suele irrespetar los acuerdos a los que llegan, sepa que ese caballo no es. Si le resulta irresistible, dé algunos paseos más pero ahórrese pesadillas y lágrimas con alguien que desde ahora le prende instintivamente las alarmas. Tómeselo con calma; que no es que la vida premie tanto a la paciencia como al sentido común.

Otro caballo al que hay que mirar el colmillo es ese que puede comprometer su tiempo o sus finanzas de un modo que usted en realidad no quiere. Si le ofrecen un obsequio que usted sabe que sólo busca obligarlo, no lo acepte. Si le ofrecen una comida que está expresamente prohibida en la dieta que con tanta ilusión está haciendo, discúlpese o lo que sea pero no la coma. Si le ofrecen ir de viaje gratis pero en condiciones penosas o para hacer algo que si usted tuviera cómo evitar no haría (cuidar a alguien, hacerse cargo de una función que no quiere, etc.), no vaya. Si le ofrecen un regalo costoso a cambio de algo que usted en condiciones normales no haría, devuélvalo: el otro sentirá que compró una firma o una llamada suya pero usted, en cambio, habrá entregado su consciencia por un caballito cualquiera.

Caballos con colmillos de leche hay por todas partes, así que si me van a dejar botada en la tercera curva del camino, por más que sean regalados, por más que ahora mismo no me alcance para comprarlos, les aseguro que no los quiero. Y usted tampoco tiene por qué quererlos. Su felicidad merece algo mejor que eso.

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Columna publicada en el periódico “Centro”. Puebla, México, en diciembre de 2016. Enlace a la publicación del periódico haciendo click aquí: 15o lingote de felicidad de Sylvia Ramírez 

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Me encanta (¡me enloquece!) pero no lo necesito – columna “Lingotes de Felicidad”, Centro, México

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Libertad = Felicidad

Cuando algo (o alguien), por fascinante que sea, se mantiene en la categoría de “enloquecedor”, “delicioso” (o como prefiera llamarlo) pero usted impide que adquiera estatus de “indispensable”, una sonrisita de seguridad se dibujará automáticamente en su rostro.

Ya que hay cosas frente a las cuales no vale la pena desgastarse tratando de entender su por qué sino que basta con entender cómo son, esta reflexión es crucial para su felicidad: por alguna causa, mientras algo le importe demasiado, no le va a pasar o no va a durar. La vida suele apartarnos de lo que creemos imprescindible. Por eso es que a veces nos ocurren cosas positivas y nos decimos “Ah: ¡si esto me hubiera pasado hace 10 años, cuando tanto lo soñaba!”. Eureka: si le hubiera pasado hace 10 años, cuando tanto lo soñaba, con seguridad se habría enganchado. Y siempre que nos enganchamos con algo, cedemos demasiado poder. Dicho y hecho: la vida nos quiere mucho como para permitir que nos enredemos tan tontamente.

Por eso esta vez le propongo un ajuste que lo hará vibrar en una nueva frecuencia: haga el ensayo de sentir una gran simpatía (una simpatía suprema, si quiere) por eso que tanto le gusta pero sáquese de la cabeza (y a continuación sáquese del corazón) el cuento de que lo necesita. Pruebe y verá cómo ocurre una de dos cosas: (i) o los astros se alinean y en fin las cosas pasan como usted las diseñó en su cabeza o (ii) su bienestar dejará de depender de un resultado que no está bajo su control y usted pasará de inmediato a ser un humano más funcional. Garantizado.

Ahora bien, cuídese de caer en una confusión que es igual o más peligrosa y con seguridad es más triste: que algo no sea “indispensable” no quiere decir, entonces, que “no le importe”. Tratando de vacunarse contra futuros dolores, usted puede forzarse a creer que ya nada le interesa y hasta ahí llegará su felicidad. El hecho de que las cosas dejen de importarle no garantiza una vida libre de dolor; sólo le asegura una existencia libre de emociones. Y no sentir nada (ni miedo ni amor ni dolor ni ilusión ni nada) es un precio demasiado alto a cambio de una estabilidad que sólo le va a servir para frustrarse cuando tenga 90 años y se dé cuenta de que la existencia se le pasó en vano porque, a la larga, por ir así, de ese modo tan aséptico (tan libre de gérmenes), lo suyo nunca fue una “vida”. Por lo menos no en el sentido fuerte del término. Y, ¿para qué cree que se nos ha dado esta vida si no es para vivirla? ¡Haga esa llamada!, ¡diga esas dos palabras!
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Columna publicada en el periódico “Centro”. Puebla, México, en noviembre de 2016. Enlace a la publicación del periódico haciendo click aquí: 14o lingote de felicidad de Sylvia Ramírez 

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La crueldad detrás de la esperanza – columna “Lingotes de Felicidad”, Centro, México

¿Guardamos una ilusión o estamos posponiendo un sufrimiento?
¿Guardamos una ilusión o estamos posponiendo un sufrimiento?

El propósito de la existencia no es esquivar el dolor. El esfuerzo evolutivo de millones de años de nuestra especie no pudo haber desembocado en una misión tan parca como la de escurrírsele al sufrimiento. Entonces, ¿por qué a la hora de decidir (asuntos grandes y pequeños), nuestra apuesta fuerte es a ahorrarnos un nuevo pesar en lugar de apuntarle a una vida feliz?

Resulta que al cerebro consciente le aterra la idea de sufrir. Vivir el sufrimiento, sentirlo cuando ya está pasando, es algo que sí le gusta; pero anticipar el dolor –olerlo-, lo paraliza. Y así, cuando queremos que alguna de nuestras historias tenga un desenlace específico pero objetivamente sabemos que el final feliz se está complicando, sacamos de la sabiduría popular el salvavidas emocional que nos ayudará a sobreaguar la crisis: nos tatuamos en la frente un anuncio que dice “La esperanza es lo último que se pierde”.

Ese refrán es lindo (inclusive es hasta conmovedor) pero al tiempo es muy peligroso. El riesgo no está en eso de mantener la esperanza; el riesgo está en que, bajo ese eslogan, se nos olvida preguntarnos anticipadamente en qué clase de meta es que estamos a punto de empeñar el corazón. Repetirse que “La esperanza es lo último que se pierde” no siempre es señal de valentía: con frecuencia es una fachada piadosa para la testarudez porque, a decir verdad, no preguntarse si un propósito tiene sentido antes de prenderle las velas a los santos es tan loco como lanzarse de un tobogán muy empinado sin saber –más o menos– cómo acaba en el otro extremo.

Lo más triste de todo es que muchas veces no nos asomamos a ver cómo acaba el tobogán o, volviendo a nuestro caso, no hacemos el ejercicio de preguntarnos si la meta tiene sentido, porque en silencio sabemos que ya no lo tiene pero no queremos pasar por el dolor de aceptarlo. Y aquí viene la puntada de felicidad: necesitamos sacarnos de la cabeza que ganamos algo aplazando el dolor de afrontar que las cosas son como son y no como quisiéramos. Cuando la meta no está bajo nuestro control lo inteligente es ajustar la actitud; no aferrarnos con las uñas a un trozo de ilusión. Porque he pasado por más de un infiernito personal le digo con absoluta confianza que entre más rápido evacúe el paso doloroso, más pronto llegará la dicha (casi mística) de sentir la fuerza que imprime en el alma haber aprendido La Lección. Entender esto es vital porque las únicas felicidades perdurables que he visto son las que se han construido con los dos pies bien atornillados a la tierra. Es que hasta para soñar hay un método y con saltárselo sólo conseguirá anotar un autogol.

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Columna publicada en el periódico “Centro”. Puebla, México, en noviembre de 2016. Enlace a la publicación del periódico haciendo click aquí: 13o lingote de felicidad de Sylvia Ramírez 

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El drama sublime de querer odiar y no poder

Para eso es el mundo suyo
Para eso es el mundo suyo

Lo único que causa más insomnio que una rabia bien enconada es querer odiar y no poder. Por eso el desafío es tan extraño y la vez tan divino: porque a veces sucede que aunque hayamos pasado todas las desventuras emocionales que se puedan vivir con alguien, sentimos que no tenemos absolutamente nada qué perdonarle.

Concluimos que no tenemos nada que perdonar porque el amor que guardamos por ese humano se mantiene intacto aunque la historia todavía nos duela. Y nos desespera que nos duela; no queremos que nos siga doliendo. Y pensamos que si al menos pudiéramos odiar, la espina se saldría sola: ya no sentiríamos esa punzada fría en el corazón.

Y repasamos con lupa todo lo feo que hubo pero lo cierto es que por más que nos esforzamos, la belleza del sentimiento original resplandece con más fuerza que las escenas de dolor. Y hacemos el inventario mental de cada desplante sufrido pero nada que somos capaces de odiar: ahí empieza uno a entender de qué se trata eso del tal “Amor incondicional”. Pareciera que es el que se siente a pesar de no ser correspondido. No es miopía ni testarudez; es la ausencia absoluta de ganas de juzgar al prójimo.

Mi historia -que es la de muchos- tuvo el formato de decepción amorosa protagonizada por un galán que ni siquiera alcanzó a ser mi novio. Puede que a usted le haya pasado algo parecido con su mejor amigo o con un hijo. Lo importante (porque ahí es donde puede estar enredándose su felicidad) es que a pesar de que quienes le rodean opinen que quien le causó tanto dolor es un ser despreciable, usted no se fuerce a pensar lo mismo ni se obligue a odiar a quien no odia porque con eso sólo estará violentando su naturaleza.

Sí: es que lo natural es amar. Si tocara dar un nombre a la energía que reposa en el núcleo de nuestro código genético, ése sería “Amor”. Por eso es que al vibrar en una frecuencia distinta, enfermamos: porque lo raro es odiar. Deje de exigirse tener una razón lógica para sentir afecto por alguien, incluso si lo conveniente es apartarse de su lado. En suma, lo invito a que vuelva sobre el episodio doloroso y declare que “En el mundo de [ponga aquí su nombre] esas cosas sí se perdonan. Punto”. Sin convertirse en alcahueta, tampoco se resigne siempre a lo que le dicte el sentido común porque eso es muy fatigoso: usted ame a quien le plazca porque en fin y al cabo para eso es su mundo; tal vez algo extraño pero, eso sí, un mundo maravillosamente suyo.

 

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Columna publicada en el periódico “Centro”. Puebla, México, el 17 de octubre de 2016. Enlace a la publicación del periódico haciendo click aquí: 12o lingote de felicidad de Sylvia Ramírez 

Por: Sylvia Ramírez Rueda

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imagen:  https://goo.gl/images/LmtLZC

A solas – columna “Lingotes de Felicidad”, Centro, México

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“Siempre es hora de ser yo”. -Imagen: revestida.com

¿Cuándo fue la última vez que estuvo con usted mismo? Para estarlo no hace falta mudarse al campo, irse a un retiro espiritual ni hacer nada muy raro; basta con que se le mida a parar un momento y a enfocar su atención en lo bien que se siente inhalar y exhalar; no más. Por supuesto en cuanto haya tomado unas tres respiraciones conscientes, el cerebro le va a reclamar: “¡¿Y jugando a no pensar vamos a solucionar todo?!”. No va a ser fácil pero le estoy hablando de arriesgarse a frenar y mirarse al ombligo porque ser capaz de estar a solas es un prerrequisito –en el rango de “indispensable”- para su felicidad.

Es imprescindible ser capaces de estar solos, sí, porque por no serlo es que hemos mendigado compañías (que al final entendimos que no ameritaban haber remado tan duro); nos hemos enganchado en vicios; hemos hecho planes, viajes y compras que no nos interesaban en lo más mínimo… sin contar el tiempo y el dinero que hemos perdido en todo eso. Energía, tiempo y dinero perdido, sí, porque tampoco es que hayamos disfrutado mucho: nada rogado satisface.

Cuando seamos capaces de “Estar parados en una esquina sin esperar a nadie”; cuando quienes viven solos puedan sentarse serenamente en la sala de su casa sin música ni ruidos de fondo que disimulen lo que de verdad está pasando; cuando nos animemos a esperar a que el semáforo cambie a verde sin actualizar las redes sociales y, sobre todo, cuando consigamos familiarizarnos con esa sensación de estar siempre buscando algo que nunca encontramos porque en fin comprendimos que lo que pasa es que así somos los humanos (curiosos) y dejemos de alimentar el cuento existencialista de que “el drama de mi vida es buscar y nunca encontrar ese algo”, si logramos ajustar esas cosas –que a la larga no son tantas-, comenzarán nuestros nuevos días.

P.S.: Nos avergüenza admitir que en silencio sí vivimos con la rasquiña de estar buscando algo (incluso si no pasa de ser sólo un estado mental que no se concreta en llamadas telefónicas, cartas de renuncia ni nada de eso). Nos abochorna reconocer que a veces sí quisiéramos sentir algo diferente sobre todo si hemos firmado algún contrato obligándonos a que toda la vida nos gustaría lo mismo. Pero la alegría de existir está justo ahí, en aprender a fluir entre las paradojas… como paradójico es el hecho [cierto] de que sí somos capaces de navegar entre varias lealtades. Es incómodo pero alguien tenía que decirlo :)

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Columna publicada en el periódico “Centro”. Puebla, México, el 06 de octubre de 2016. Enlace a la publicación del periódico haciendo click aquí: 11o lingote de felicidad de Sylvia Ramírez 

Por: Sylvia Ramírez Rueda

Conferenciante internacional de Felicidad y Personal Branding
Coach Ejecutivo – Coach Personal
@SylviaRcoaching
www.sylviaramirez.com.co