La crueldad detrás de la esperanza – columna “Lingotes de Felicidad”, Centro, México

¿Guardamos una ilusión o estamos posponiendo un sufrimiento?
¿Guardamos una ilusión o estamos posponiendo un sufrimiento?

El propósito de la existencia no es esquivar el dolor. El esfuerzo evolutivo de millones de años de nuestra especie no pudo haber desembocado en una misión tan parca como la de escurrírsele al sufrimiento. Entonces, ¿por qué a la hora de decidir (asuntos grandes y pequeños), nuestra apuesta fuerte es a ahorrarnos un nuevo pesar en lugar de apuntarle a una vida feliz?

Resulta que al cerebro consciente le aterra la idea de sufrir. Vivir el sufrimiento, sentirlo cuando ya está pasando, es algo que sí le gusta; pero anticipar el dolor –olerlo-, lo paraliza. Y así, cuando queremos que alguna de nuestras historias tenga un desenlace específico pero objetivamente sabemos que el final feliz se está complicando, sacamos de la sabiduría popular el salvavidas emocional que nos ayudará a sobreaguar la crisis: nos tatuamos en la frente un anuncio que dice “La esperanza es lo último que se pierde”.

Ese refrán es lindo (inclusive es hasta conmovedor) pero al tiempo es muy peligroso. El riesgo no está en eso de mantener la esperanza; el riesgo está en que, bajo ese eslogan, se nos olvida preguntarnos anticipadamente en qué clase de meta es que estamos a punto de empeñar el corazón. Repetirse que “La esperanza es lo último que se pierde” no siempre es señal de valentía: con frecuencia es una fachada piadosa para la testarudez porque, a decir verdad, no preguntarse si un propósito tiene sentido antes de prenderle las velas a los santos es tan loco como lanzarse de un tobogán muy empinado sin saber –más o menos– cómo acaba en el otro extremo.

Lo más triste de todo es que muchas veces no nos asomamos a ver cómo acaba el tobogán o, volviendo a nuestro caso, no hacemos el ejercicio de preguntarnos si la meta tiene sentido, porque en silencio sabemos que ya no lo tiene pero no queremos pasar por el dolor de aceptarlo. Y aquí viene la puntada de felicidad: necesitamos sacarnos de la cabeza que ganamos algo aplazando el dolor de afrontar que las cosas son como son y no como quisiéramos. Cuando la meta no está bajo nuestro control lo inteligente es ajustar la actitud; no aferrarnos con las uñas a un trozo de ilusión. Porque he pasado por más de un infiernito personal le digo con absoluta confianza que entre más rápido evacúe el paso doloroso, más pronto llegará la dicha (casi mística) de sentir la fuerza que imprime en el alma haber aprendido La Lección. Entender esto es vital porque las únicas felicidades perdurables que he visto son las que se han construido con los dos pies bien atornillados a la tierra. Es que hasta para soñar hay un método y con saltárselo sólo conseguirá anotar un autogol.

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Columna publicada en el periódico “Centro”. Puebla, México, en noviembre de 2016. Enlace a la publicación del periódico haciendo click aquí: 13o lingote de felicidad de Sylvia Ramírez 

Por: Sylvia Ramírez Rueda

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El drama sublime de querer odiar y no poder

Para eso es el mundo suyo
Para eso es el mundo suyo

Lo único que causa más insomnio que una rabia bien enconada es querer odiar y no poder. Por eso el desafío es tan extraño y la vez tan divino: porque a veces sucede que aunque hayamos pasado todas las desventuras emocionales que se puedan vivir con alguien, sentimos que no tenemos absolutamente nada qué perdonarle.

Concluimos que no tenemos nada que perdonar porque el amor que guardamos por ese humano se mantiene intacto aunque la historia todavía nos duela. Y nos desespera que nos duela; no queremos que nos siga doliendo. Y pensamos que si al menos pudiéramos odiar, la espina se saldría sola: ya no sentiríamos esa punzada fría en el corazón.

Y repasamos con lupa todo lo feo que hubo pero lo cierto es que por más que nos esforzamos, la belleza del sentimiento original resplandece con más fuerza que las escenas de dolor. Y hacemos el inventario mental de cada desplante sufrido pero nada que somos capaces de odiar: ahí empieza uno a entender de qué se trata eso del tal “Amor incondicional”. Pareciera que es el que se siente a pesar de no ser correspondido. No es miopía ni testarudez; es la ausencia absoluta de ganas de juzgar al prójimo.

Mi historia -que es la de muchos- tuvo el formato de decepción amorosa protagonizada por un galán que ni siquiera alcanzó a ser mi novio. Puede que a usted le haya pasado algo parecido con su mejor amigo o con un hijo. Lo importante (porque ahí es donde puede estar enredándose su felicidad) es que a pesar de que quienes le rodean opinen que quien le causó tanto dolor es un ser despreciable, usted no se fuerce a pensar lo mismo ni se obligue a odiar a quien no odia porque con eso sólo estará violentando su naturaleza.

Sí: es que lo natural es amar. Si tocara dar un nombre a la energía que reposa en el núcleo de nuestro código genético, ése sería “Amor”. Por eso es que al vibrar en una frecuencia distinta, enfermamos: porque lo raro es odiar. Deje de exigirse tener una razón lógica para sentir afecto por alguien, incluso si lo conveniente es apartarse de su lado. En suma, lo invito a que vuelva sobre el episodio doloroso y declare que “En el mundo de [ponga aquí su nombre] esas cosas sí se perdonan. Punto”. Sin convertirse en alcahueta, tampoco se resigne siempre a lo que le dicte el sentido común porque eso es muy fatigoso: usted ame a quien le plazca porque en fin y al cabo para eso es su mundo; tal vez algo extraño pero, eso sí, un mundo maravillosamente suyo.

 

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Columna publicada en el periódico “Centro”. Puebla, México, el 17 de octubre de 2016. Enlace a la publicación del periódico haciendo click aquí: 12o lingote de felicidad de Sylvia Ramírez 

Por: Sylvia Ramírez Rueda

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A solas – columna “Lingotes de Felicidad”, Centro, México

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“Siempre es hora de ser yo”. -Imagen: revestida.com

¿Cuándo fue la última vez que estuvo con usted mismo? Para estarlo no hace falta mudarse al campo, irse a un retiro espiritual ni hacer nada muy raro; basta con que se le mida a parar un momento y a enfocar su atención en lo bien que se siente inhalar y exhalar; no más. Por supuesto en cuanto haya tomado unas tres respiraciones conscientes, el cerebro le va a reclamar: “¡¿Y jugando a no pensar vamos a solucionar todo?!”. No va a ser fácil pero le estoy hablando de arriesgarse a frenar y mirarse al ombligo porque ser capaz de estar a solas es un prerrequisito –en el rango de “indispensable”- para su felicidad.

Es imprescindible ser capaces de estar solos, sí, porque por no serlo es que hemos mendigado compañías (que al final entendimos que no ameritaban haber remado tan duro); nos hemos enganchado en vicios; hemos hecho planes, viajes y compras que no nos interesaban en lo más mínimo… sin contar el tiempo y el dinero que hemos perdido en todo eso. Energía, tiempo y dinero perdido, sí, porque tampoco es que hayamos disfrutado mucho: nada rogado satisface.

Cuando seamos capaces de “Estar parados en una esquina sin esperar a nadie”; cuando quienes viven solos puedan sentarse serenamente en la sala de su casa sin música ni ruidos de fondo que disimulen lo que de verdad está pasando; cuando nos animemos a esperar a que el semáforo cambie a verde sin actualizar las redes sociales y, sobre todo, cuando consigamos familiarizarnos con esa sensación de estar siempre buscando algo que nunca encontramos porque en fin comprendimos que lo que pasa es que así somos los humanos (curiosos) y dejemos de alimentar el cuento existencialista de que “el drama de mi vida es buscar y nunca encontrar ese algo”, si logramos ajustar esas cosas –que a la larga no son tantas-, comenzarán nuestros nuevos días.

P.S.: Nos avergüenza admitir que en silencio sí vivimos con la rasquiña de estar buscando algo (incluso si no pasa de ser sólo un estado mental que no se concreta en llamadas telefónicas, cartas de renuncia ni nada de eso). Nos abochorna reconocer que a veces sí quisiéramos sentir algo diferente sobre todo si hemos firmado algún contrato obligándonos a que toda la vida nos gustaría lo mismo. Pero la alegría de existir está justo ahí, en aprender a fluir entre las paradojas… como paradójico es el hecho [cierto] de que sí somos capaces de navegar entre varias lealtades. Es incómodo pero alguien tenía que decirlo :)

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Columna publicada en el periódico “Centro”. Puebla, México, el 06 de octubre de 2016. Enlace a la publicación del periódico haciendo click aquí: 11o lingote de felicidad de Sylvia Ramírez 

Por: Sylvia Ramírez Rueda

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No tengo ni un minuto libre. ¡Súper: me convertí en adulto! – columna Lingotes de Felicidad, Centro, México

 

ParecieraSylvia Ramírez, Life Coach, PNL, Personal Branding, Diseño de Marca Personal, Asesoría de Imagen, Bogotá, Colombia, Felicidad, Felicidad en las Empresas, Empresas Felices, Speaker, Conferencista, Conferenciante que nos hacemos grandes cuando se nos incuba en el alma una urgencia por “querer llegar”. A ningún lado en particular pero de todos modos nos urge. Nos levantamos sintiendo que ya vamos tarde. Es un afán que se justifica por el afán en sí mismo y que nos hace sentir tan culpables si no estamos haciendo algo productivo que cuando nos queda un rato libre –leí en algún lado-, ya no sabemos si de verdad tenemos tiempo libre o si es que se nos está olvidando algo que teníamos pendiente de hacer. Y nos sentimos presionados, miserables pero al mismo tiempo aliviados porque en cualquier caso así es como le pasa a la gente de éxito. En otras palabras, sentir los nervios destrozados nos hace creer que somos importantes. Sí: en secreto pensamos que el afán es una señal de distinción de las personas que tienen problemas de adultos. Los que tienen tiempo libre son los millonarios que perseguimos en sus yates a través de las transmisiones en vivo de Instagram; los otros que también tienen tiempo son los mediocres que no están emprendiendo su propio negocio o desarrollando alguna idea que cambie el mundo. Qué falta de estilo eso de tener tiempo… creemos.

Los adultos se reconocen porque a la mayoría de propuestas de planes divertidos contestan con ademán grave –y para responder es clave fruncir el ceño porque, si no, no se crea la atmósfera de persona importante -: “Me encantaría ir pero ya sabes: no tengo tiempo”. Y se quejan de lo rápido que va el año. Y maldicen por no tener “tiempo para ellos”. Y destilan frustración alegando “Me desespera sentir que la vida se me va en esto”.
Si llegó a sentirse identificado (y la probabilidad es alta ya que todo lo narrado hasta aquí en tercera persona es en realidad el relato de cualquiera de mis jornadas y de las de varios de mis conocidos), quisiera proponerle una reflexión que me hice la semana pasada y que ha revolucionado mi día a día: ojalá el trajín y las cosas pequeñas en las que sentimos que se nos va la vida nos gusten porque esa ya es la vida misma. Esperar en el tráfico; estar después de las 5:00 p.m. en ese trabajo; atravesar caminando en tacones todo el aeropuerto; ir al banco; oír la sarta de tonterías que cuenta ese ser humano insufrible que igual adoramos; ir al supermercado: esa ya es La Vida, ¡no es ningún ensayo!

Para el momento en que escribo esto llevo siete días pensando y funcionando de acuerdo con esa idea y me han pasado cosas extraordinarias. O de pronto no tanto: es posible que en realidad me estén pasando las mismas cosas de siempre, sólo que las está viviendo una persona renovada. Y por lo feliz que he estado, no tendría paz si me quedara con este pensamiento: eso en lo que se le va la vida es el fruto de alguna decisión anterior suya (tener una relación con alguien, haber aceptado un trabajo, etc.), así que hay que aceptar que vivimos la vida que hemos construido para cada uno de nosotros. En otras palabras, fíjese, le están pasando todas las cosas que de pequeño usted veía que hacían los grandes. Y, sí, no por eso de andar estresado sino por haber moldeado su vida como ha ido pudiendo, usted es en verdad una persona muy importante y cada cosa que le pasa –incluyendo leer este artículo-, hace parte de eso a lo que sin vacilar hay que llamar “Vida”; la suya, la mía: sonría porque esto ya es La Vida.

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Columna publicada en el periódico “Centro”. Puebla, México, el 19 de septiembre de 2016. Enlace a la publicación del periódico haciendo click aquí: décimo lingote de felicidad de Sylvia Ramírez 

Por: Sylvia Ramírez Rueda

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¿En serio quiere lograr esa meta? – columna Lingotes de Felicidad, “Centro”, México

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La red es sólo por si acaso ;)

Si de verdad quiere lograr el plan A, ¡comience por dejar de acariciar el plan B! Esa es una artimaña del inquilino eterno de nuestra cabeza, el Autosaboteador de Metas, famoso por hacer lo que sea con tal de tener alguna sensación de tranquilidad. Fue él quien inventó eso de “Si el plan B no funciona recuerde que el alfabeto tiene muchas letras más”.

Cuando por fin conseguimos establecer qué es lo que queremos lograr (y eso, créame, es un grandísimo avance per sè), el Autosaboteador de Metas comienza a bombardear de inmediato con imágenes (terroríficamente adornadas con sonidos y voces de amenaza), mediante las cuales se asegura de mostrarnos todas las razones por las que fracasaremos en el intento de obtener lo que soñamos. Y ante ese grado de presión mental solemos reaccionar de una de dos formas: cancelando el plan u obsesionándonos con hiperdetallar un plan B que nos proteja de una posible ruptura de corazón y, sobre todo, que nos ponga a salvo de hacer el ridículo.

Ocurre que el Yo Asustadizo prefiere pensar que tener un gran plan de respaldo es ser “previsivo” cuando en realidad estamos confundiendo la planeación con la dispersión. Y una característica que se repite en la gente más feliz que conozco es la de saber que cuando hay amor en torno a una meta, el respaldo es la meta en sí misma; no el plan B ni el C ni nada distinto.

La clave, entonces, está en concebir una forma flexible de llegar a su objetivo: una vez haya precisado qué quiere, entienda qué se necesita para lograrlo e indague sobre los riesgos más frecuentes. Fortalézcase (razonablemente) en las áreas neurálgicas e incluya en el plan un espacio para estudiar o desarrollar habilidades sobre la marcha pero recuerde que todo (todo) esto hace parte de su plan original.

El ejemplo puede ser incómodo pero es tan ilustrativo que se justifica usarlo: supongamos que su meta es la de hacer una familia con la persona que ama. Usted no se casaría teniendo un plan B por si acaso, ¿verdad? No lo haría porque no le hace falta, ya que la razón por la que usted cree que las cosas saldrán bien es su pareja en sí misma; las virtudes que tiene, etc. Usted sabe que habrá desafíos y que si las cosas se complican eventualmente tendrá que hacer alguna terapia pero su plan es uno y sólo uno. Y aquí viene el tip de felicidad: deje que su proyecto siga siendo el único mientras tenga sentido querer avanzar hacia esa meta. No se bote de cabeza hacia un plan B sólo porque algo se le salió del libreto.

Ahora piense en su objetivo real y láncese con entusiasmo. Haga como el equilibrista del circo que sabe lo que está a punto de hacer y que confía en sus habilidades pero pone la red sólo por si acaso; no como plan B de su espectáculo. Ah, y pierda el miedo a resbalarse en público: sobre todo, eso.

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Columna publicada en el periódico “Centro”. Puebla, México, el 06 de septiembre de 2016. Enlace a la publicación del periódico haciendo click aquí: noveno lingote de felicidad de Sylvia Ramírez 

Por: Sylvia Ramírez Rueda

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Entre “adaptarse” y “resignarse” hay mucha felicidad de diferencia – columna “Lingotes de Felicidad”, Centro, México

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Imagen de Henrik Moses

Si cada uno de nosotros es muy “especial” y la autenticidad es la regla general, tenemos que admitir –aunque nos desinfle un poco- que, en consecuencia, todos terminamos siendo normales; digamos que somos “especialmente normales”: cada quien tiene su encanto y al tiempo es muy parecido a los demás dentro del abanico de las posibilidades humanas. Tomar consciencia de este rasero biológico que nos hace tan similares es algo sumamente vigorizante: nos quita de inmediato el peso de tener que perseguir la perfección que corresponde a la gente que es tan “única”.

En efecto, salvo algunos contados casos que son de verdad sobresalientes (y que serán tan exóticos que aparecen en las noticias –como ocurre con los ganadores de los premios Nobel o con los atletas de altísimo rendimiento que vemos en las transmisiones de los juegos olímpicos, por ejemplo), un espécimen humano es muy similar a otro en lo fundamental. La pasión que he puesto en estas reflexiones sobre el asunto de que toda la gente se parece entre sí se debe a que quiero destacar el resultado práctico de eso en nuestra felicidad: a usted y a mí nos urge entender que está perfectamente bien si los resultados de nuestro trabajo o si el desempeño en los distintos roles cotidianos (en el papel de padre, de pareja, de amigo, etc.) termina siendo apenas normal. Dicho de otro modo, se vale no ser una luminaria. Lo que, en cambio, no está tan bien, e incluso debería dispararnos todas las alarmas, es que la normalidad sea nuestro anhelo; nuestra meta. Perseguir la mediocridad nos oxida el espíritu. Si todo lo que hacemos es limitarnos a soñar con un cupo dentro de los que están en el promedio, ¿con qué motivación vamos a salir de la cama cada mañana?

Hace unos años oí a alguien rezar en voz alta diciendo “Concédeme serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar; valor para cambiar las cosas que sí puedo y sabiduría para reconocer la diferencia”. A propósito de la idea fija de perfección que tenemos en estos tiempos y, a la vez, frente a la trampa con cebo que nos ponen quienes nos invitan a que abracemos la “Aceptación” como lema de vida, tener presente la plegaria que acabo de citar es crucial porque entre “adaptarse” y “resignarse” hay mucha felicidad de diferencia: hay que tener la fuerza para sacudirnos de lo que nos incomoda y serenidad para lidiar con lo que está fuera de nuestro alcance, sí, pero en ese orden: primero hacer todo lo posible para vivir la vida que queremos y después, recordando que somos apenas humanos normales, aceptar lo que no podrá ser de otro modo.

Sabemos que la naturaleza nos ha dado la capacidad de estirarnos o encogernos (tanto de cuerpo como de alma) para sortear una situación que nos supera y esa es una inteligentísima respuesta adaptativa. Pero, ¿renunciar a la felicidad por vivir arrastrando kilos, trabajos, relaciones, el pasado o, en general, cosas que no nos gustan? Ni porque fuéramos gatos y tuviéramos siete vidas.

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Columna publicada en el periódico “Centro”. Puebla, México, el 26 de agosto de 2016. Enlace a la publicación del periódico haciendo click aquí: octavo lingote de felicidad de Sylvia Ramírez 

Por: Sylvia Ramírez Rueda

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*Imagen: Henik Moses

Cuando el malo de la película se convierte en maestro – columna “Lingotes de Felicidad”, Centro, México

Munra era mi villano favorito :)
Munra era mi villano favorito :)

Las lecciones más importantes de la vida suelen quedar de herencia luego de algún episodio “muy” algo: muy hermoso, muy infernal, muy apresurado, muy contradictorio, muy empalagoso, muy. Y la clave tanto para acelerar el aprendizaje como para, de paso, ahorrarse la temporada en la psiquiatrería, está en aprender a reconocer al maestro en cuanto aparece -por más disfrazado que esté.

Pretender que quienes vienen a enseñarnos algo tengan siempre la silueta del consejero o del experto es la expresión máxima de nuestra inocencia ya que los maestros que calan más hondo en el corazón del alumno a menudo llegan en formato estafador, nieto, indigente, mejor amigo, jefe, humano irresistible, novio de hija, pareja, colega holgazán, mascota, quitamaridos, funcionario público, etc.

Podría apostar mi pequeña biblioteca (que es mi máximo tesoro) a que si usted se permite al menos tomar en consideración mi teoría, según la cual todas estas personas han aparecido en su camino con el solo propósito de darle un mensaje trascendente, su historia será distinta. Es más, voy a subir la apuesta: le voy a demostrar que es perfectamente posible cambiar su pasado con el experimento que delicadamente le invito a hacer en este momento. Lea despacio y, por favor, procure ir siguiendo conmigo las instrucciones para que las probabilidades de éxito del ejercicio sean más altas.

Ubique las escenas más dolorosas que haya vivido en estos años a causa de alguien: humillaciones, decepciones, sustos, rabias, lo que prefiera. Como quien pasa los canales de un televisor (y no como alguien que evoca un recuerdo en el propio pellejo –esto es muy importante para evitar ponernos en el estatus de víctima), a continuación elija de entre esas escenas una donde tenga muy bien identificado al antagonista (al malo de la película) y piense que ve en la pantalla lo ocurrido. Lo que oyó; lo que vio.

Ahora viene la magia que, eso sí, debo advertir, sólo funciona en quienes estén haciendo este ensayo con una mezcla entre curiosidad y ganas sinceras de comenzar a pasarla mejor: recree el episodio con esa persona “mala” haciendo todo lo que hizo (o todo lo que dijo o todo lo que dejó de hacer) y ahora, mirándolo mentalmente a los ojos, tome aire y piense con absoluta seguridad que es su maestro.

Así como lo acaba de leer: su maestro. La enseñanza que haya recibido depende del momento de la vida por el que estuviera usted pasando para el momento de los hechos. Tal vez esa persona le mostró lo que no hay que hacer cuando el corazón de alguien esté en sus manos. Quizás le haya enrostrado lo dañino que es jugar varios juegos a la vez. De pronto le enseñó que un niño, aunque esté pequeño, sí está entendiendo (y sobre todo sí está grabando en su corazón) la forma como lo hacen sentir. Seguramente le aceleró el desarrollo de habilidades de supervivencia para el amor o para la oficina forzándolo a trabajar el doble de lo que debió. En fin, estoy segura de que usted sabrá descifrar la razón de ser de la aparición del profesor.

Ahora bien, absténgase de cometer el error de quedarse sólo en las lecciones obvias: la enseñanza no es, por ejemplo, que hay que desconfiar de todo el mundo. La enseñanza interesante pudo ser que el peso de su falta de autoestima no se debe volver a trasladar a una relación amorosa o que (también a propósito del ejemplo de la desconfianza), el hecho de que alguien sea su compañero de escritorio por ocho horas cada día no lo convierte de modo automático en su confesor. Estas dos opciones buscan ilustrar que, comoquiera que haya sido su historia, todo habrá valido la pena si hace el esfuerzo emocional de buscar la lectura interesante de los acontecimientos.

Más allá de ser un exorcismo, estas reflexiones quieren ser un amoroso despertar a la vida real: a todos nos pasan (no una sino montones de) cosas que si nos hubieran consultado habríamos decidido saltarnos y dado que es imposible rebobinar la película y cortar esa parte de la cinta tenemos que aprender a convivir con ellas. Adicionalmente hay que tomar en cuenta que nadie va a venir a rescatarnos de nuestros recuerdos. Y a la misma altura de estas verdades, que pueden parecer muy toscas pero que están rigurosamente ancladas a la realidad, hay otro axioma igual de resplandeciente: el único derecho que nadie podrá arrebatarle nunca es el de decidir ser feliz a pesar de lo que haya vivido; a pesar de lo duro que sea lo que está viviendo. Todo eso es cierto. Salud por eso.

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Columna publicada en el periódico “Centro”. Puebla, México, el 09 de agosto de 2016. Enlace a la publicación del periódico haciendo click aquí: séptimo lingote de felicidad de Sylvia Ramírez 

Por: Sylvia Ramírez Rueda

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‘Defender’ no es lo mismo que ‘vengar’ su felicidad – columna “Lingotes de felicidad”, Centro, México

En legítima defensa de la felicidad
En legítima defensa de la felicidad

Hay adultos que cuando toman la resolución de ser felices comienzan a bombardear con arengas de autoayuda y uno a veces no sabe si está ante un sociópata o si sólo es su amigo de siempre pasando por un trance existencial muy duro: “Lo declaro: de ahora en adelante, primero yo y mi felicidad”; “No esperes nada de nadie para que no te decepcionen”; “No necesito a nadie para ser feliz” y así en una progresión alucinante que podemos observar en primera fila por la magia difusora de las redes sociales. Gracias a Facebook (y a Twitter y a Instagram y a todo eso), no sólo sabemos en qué andan los demás sino –cosa que es mucho más interesante-, podemos saber qué piensan las personas de las cosas que les pasan.

Dado que me caracteriza una irresistible curiosidad por la gente, estoy en todas las redes sociales que encuentro llamativas. Y tanto en esas cuentas como en mi oficina de coach el fenómeno que se ve es el mismo: estamos confundiendo la legítima defensa de nuestro bienestar con su venganza. Y no hace falta haber estudiado Derecho para notar la diferencia; sólo hace falta sentirse herido para confundirse. Por eso este es un tema tan importante.

En la vida diaria ocurren cosas que nos causan daño o que podemos intuir con facilidad que nos lo causarán. A todos nos pasa: un ladrón en la calle; un abusador emocional en la oficina o en nuestras relaciones personales; un indiscreto que revela una información que nos avergüenza; alguien que nos engaña, etc. Independientemente de cuál sea la hipótesis que describa su caso, le propongo que imaginemos que usted se encuentra bajo la égida de un jefe maltratador para seguir avanzando en la idea central.

Actuar en legítima defensa de su bienestar significa que usted hará algo para ponerse a salvo de las ocurrencias de su jefe siempre y cuando (i) la agresión esté ocurriendo ahora mismo o se vea venir irremediablemente y (ii) se trate de una cosa que usted, honestamente, sepa que no merece que su jefe le haga.

En tercer lugar, mirando ahora la legitimidad de su defensa, es muy importante que lo que sea que usted haya decidido hacer como reacción al abuso del jefe sea proporcional a lo que él hizo o, mejor dicho, tenga en cuenta que la respuesta contra su jefe será admisible si es mesurada: no sea usted de esos que usan una pistola para matar una mosca porque justo ahí es donde se le complica la vida.

Nos salimos del campo de la legítima defensa y en cambio nos pasamos al de la venganza cuando, siguiendo con el mismo ejemplo y en el mismo orden, tomamos acciones sobre cosas que el jefe hizo ya hace un tiempo (¡a veces años!); o cuando reaccionamos ante cosas indeseables que nos pasaron porque nos las ganamos (pensemos en alguien a quien suspenden por haber llegado borracho a la oficina).

Debe saber que también se está usted vengando si en lugar de salvaguardarse del jefe ruin, busca castigarlo aplicándole su propio sentido de la justicia, devolviéndole un mal a cambio de otro mal. A menos que su trabajo sea el de juez (y ni siquiera así porque los jueces no resuelven sus propios litigios), recuerde siempre que su rol no es el de ir por la vida aconductando humanos a su manera. Nada de eso: el ánimo de venganza es de lo más corrosivo que usted pueda alojar en su corazón y con el corazón corroído no se puede ser feliz.

Los colegas abogados que leen esta columna habrán notado que lo que hice esta vez fue desarrollar los elementos de la legítima defensa como eximente de responsabilidad. En efecto, es una de mis figuras legales favoritas. Funciona con el jefe pero también con el cónyuge, con el hijo, con el hermano, con el colega y/o con el perfecto desconocido.

En resumen, si de verdad quiere ser feliz tenga presente que su necesidad no es fulminar a su jefe. Sé que me arriesgo mucho con lo que voy a decir pero, muy posiblemente, su necesidad es que él deje de importarle tanto. Mueva las fichas que necesite mover en su ajedrez para restablecer el orden de su vida pero no arrase lo que se le salga del libreto. Y tampoco se victimice: a usted no le hace falta un milagro para poder ser feliz. O de pronto sí pero el milagro en ese caso no sería que cambien las circunstancias sino que usted cambiara la forma en que percibe la vida porque, una vez más, querido lector: la felicidad no es una meta, es una decisión.

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Columna publicada en el periódico “Centro”. Puebla, México, el 21 de julio de 2016. Enlace a la publicación del periódico haciendo click aquí: sexto lingote de felicidad de Sylvia Ramírez 

Por: Sylvia Ramírez Rueda

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Para usted, ¿cuál es el premio gordo de la lotería de la vida? – columna “Lingotes de Felicidad”, Centro, México

¿Se ha hecho esa pregunta? (por favor detenga la lectura aquí unos segundos y conteste cuál sería para usted el premio gordo de la lotería de la vida antes de avanzar en el artículo): ¿ser millonario?; ¿tener el trabajo de los sueños?; ¿coincidir con su media naranja?; ¿zafarse de quien creyó era su media naranja pero resultó siendo su medio limón? Ojalá lo que tengo para decir hoy no le resulte decepcionante porque el premio mayor de esta lotería no vendrá desde afuera: el gran golpe de suerte será que en algún momento de su vida (o en muchos momentos de su vida, ojalá) la existencia de alguien sea mejor gracias a usted (gracias a su trabajo, a su amor, a su dinero, a su tiempo: a un poco de energía de la suya, pues). La dinámica, entonces, no es de afuera hacia adentro sino de su interior hacia afuera, como espero que haya notado que funciona casi todo lo que tiene que ver con su felicidad.

Cursi’ o lo que sea que le pueda parecer lo que acaba de leer, la notificación que le está enviando el universo mediante este artículo es estruendosamente cierta. Hagamos este ejercicio mental: supongamos que usted sintiera que su pasión (es más: que su vocación; que su misión en la tierra) fuera la de ser artista y pintar cuadros y supongamos que, efectivamente, pudiera dedicarse a pintar cuadros todos los días como actividad principal. Pero imaginemos, igualmente, que cada una de sus obras terminadas va quedando colgada en la pared de un salón elegantísimo al que no entra nunca (ni entrará jamás) alguien para ver sus pinturas. Ahora piense: con todo y que está dedicado a su pasión, ¿sería una persona feliz?

¡A su salud!
¡A su salud!

Poder dedicarse a lo que uno quiere hacer en la vida no basta ni garantiza ser feliz porque la felicidad humana es necesariamente relacional (relacional en el sentido de que la felicidad se experimenta en su forma más sublime en tanto involucre a otros). Dejando aparte los placeres hedónicos (los placeres de los sentidos como, por ejemplo, tomar un helado), dejando aparte esa clase de gustos, que alegran pero que no dan felicidad, y volviendo al ejemplo del artista consumado que pinta cuadros que nadie ve, la razón de ser de la infelicidad de nuestro pintor está en el hecho de que al no compartir su obra con ningún espectador, sus cuadros no están brindando la oportunidad de tener la experiencia estética y espiritual que tienen las personas al entrar en contacto con el arte y de ahí la sensación de vacío. O dicho en otras palabras: para qué cuadros si no tocan vidas.

Le propongo que en la afirmación anterior cambie la palabra “cuadros” y ponga lo que sea de lo que se trate su trabajo: “memoriales”; “cálculos”; “obras de infraestructura”; “préstamos”; “tuercas y tornillos”; “calles limpias”. Indistintamente de que su trabajo sea el de abogado o el de barrendero, el impacto más profundo en su felicidad no se causa el día en que recibe el pago por su labor sino el día en que se va a su casa sabiendo que cambió en algún sentido la vida de alguien con lo que hizo (inclusive si se trata de un individuo con quien usted no tendrá la ocasión de conversar alguna vez). E incluso si su labor fuera de esas que por definición son solitarias y/o repetitivas, note que su hora feliz no es la hora del pago sino esa en la que con el dinero fruto de su trabajo va y hace más bonita la vida de otro ser humano.

Un problema muy serio de nuestra época es el del culto a la eterna juventud: como la ciencia es tan descrestadora que los de cuarenta de ahora no se ven como los cuarentones de antes (y así sucesivamente), se nos va creando la idea falsa de que estaremos vivos y fuertes para siempre. Y el drama de los inmortales es que nunca acumularán lo suficiente porque cualquier cifra comparada con la eternidad es pequeña. Por supuesto, azuzados por ese afán de tener más se olvida qué es lo verdaderamente importante y ahí se enreda todo. Recuerde: el objetivo más formidable que puede tener su existencia es lograr que la vida de alguien, en algún lugar del mundo, sea hermosa por un instante gracias a un rayo de energía suya. En serio: imagine que cada uno de nosotros pensara así al menos por una vez y haga las cuentas de lo que podría pasar en el planeta, ¿ah? Ni yo estoy soñando ni usted debería demorarse más. Comience sonriendo al primero que se le cruce: afuera nos morimos de ganas de que salga y haga su magia.

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Columna publicada en el periódico “Centro”. Puebla, México, 11 de julio de 2016. Enlace a la publicación del periódico haciendo click aquí: quinto lingote de felicidad de Sylvia Ramírez 

Por: Sylvia Ramírez Rueda

Conferenciante internacional de Felicidad y Personal Branding
Coach Ejecutivo – Coach Personal
@SylviaRcoaching
www.sylviaramirez.com.co

De “Administrar el tiempo” a “Administrar los encantos” – columna “Lingotes de Felicidad”, Centro, México

Mientras “Administrar el tiempo” siga siendo equivalente a “Cómo-hago-para-embutir-más-actividades-en-la-misma-cantidad-de-horas”, vamos a seguir sintiendo que la vida se nos va como agua entre los dedos. No, no y no: usted no tiene que ser tan hiperproductivo como las noticias de sus amigos, a quienes según Facebook les va cada vez mejor en la vida, le hacen creer que necesita ser.

Resulta que para tener mucho dinero; ser muy reconocido en su trabajo; tener un buen cuerpo; estar a la moda (en ropa, música y películas) y vivir enterado de las noticias del mundo (políticas, económicas y de farándula, aparte de los marcadores de los partidos de fútbol), para hacer todo eso a la vez, se necesita mucho tiempo y mucha energía. Y tiempo y energía son los recursos más escasos en la vida de los adultos de hoy. Por eso nos sentimos agotados y de ahí que la pregunta importante no sea “Cómo lograr hacer más cosas en un día” sino “Frente a qué hay que empezar a pensar distinto”. En la vida.

¿Lo importante es estar motivados?
¿Lo importante es estar motivados?

Tanto la ciencia como el sentido común insisten en que cuando hemos logrado satisfacer nuestras necesidades principales, ganar más o menos dinero no hace ninguna diferencia real en nuestra felicidad (hablamos aquí de vivienda, salud, alimentación, transporte, diversión y educación). Cuando estas áreas están cubiertas, tener más dinero no hace una diferencia notoria en nuestro bienestar, básicamente, porque por más billones que usted tenga en el banco no puede desayunar cinco veces en una misma mañana porque se enferma. Así, con esa lógica aplastante.

Con todo y que lo dicho parezca, en efecto, muy lógico, lo cierto es que en la vida real la mayoría de nosotros actúa como si estuviera fanáticamente de acuerdo en sacrificar la salud, la serenidad y las relaciones interpersonales a cambio de lograr más y más cosas. Al mismo tiempo los manuales de liderazgo personal nos alientan a perseguir el ideal del ganador de la vida occidental: fijarse una meta, lograrla y luego fijarse otra más alta y lograrla y así hasta el fin de los tiempos (o hasta el día del retiro forzoso –por pensión de jubilación o por infarto al miocardio porque ambas salidas sirven). La clave de todo, según los entendidos del éxito personal, es que no importa cómo, usted permanezca motivado.

Que ¿“Lo importante es estar motivados”?: por caridad, ¡lo importante es ser felices! Y nadie puede ser feliz sintiéndose drenado, exhausto, sin energía. Nadie está a gusto sintiéndose como un ratón de laboratorio que corre en una rueda que no avanza. Nadie. ¿Entonces?

Mi propuesta en esta ocasión es que en lugar de esmerarse en “Administrar el tiempo” -empeñado en ser más productivo de lo que en realidad necesita ser-, pruebe cómo le va haciendo un ejercicio de Administración de los encantos. Sí: si sabe, por ejemplo, que su talento especial en la oficina es su visión estratégica y sabe que ese es el encanto que su jefe aprecia en usted, pase más tiempo analizando qué está haciendo la competencia y cómo podrían ser más innovadores en su empresa, en lugar de desgastarse tratando de captar nuevos clientes porque lo suyo no es el área comercial. Funciona igual en otros escenarios: si por más que ha tratado no ha conseguido ser un buen chef pero en cambio es un magnífico conversador, en lugar de quemarse [Lit.] por tres horas en la cocina ensayando una receta imposible, compre la comida en un restaurante de camino a casa y dedíquese a disfrutar mientras se luce haciendo de anfitrión de sus amigos u ofrezca varios pasabocas sencillos pero no se mate haciendo más de lo que razonablemente puede hacer.

En suma el recordatorio de esta ocasión es que la vida es muy corta para embarcarse en labores tan fatigosas que al final le hagan sentir que se perdió de la fiesta. En lugar de buscar hacer más, propóngase ser más estratégico administrando sus encantos porque, téngalo muy presente, el día en que un obstinado viva genuinamente feliz lloverá hacia arriba. Se acordarán de mí. 

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Columna publicada en el periódico “Centro”. Puebla, México, 28 de junio de 2016. Enlace a la publicación del periódico haciendo click aquí: quinto lingote de felicidad de Sylvia Ramírez

Por: Sylvia Ramírez Rueda

Conferenciante internacional de Felicidad y Personal Branding
Coach Ejecutivo – Coach Personal
@SylviaRcoaching
www.sylviaramirez.com.co

*Imagen: definicionabc.com